Poesía peruana

Las blasfemias de Roger Santiváñez: notas sobre Sagrado

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Las palabras blasfemas se contorsionan sensualmente sin dejarse atrapar, son los azúcares prohibidos dados al desciframiento, sin promesa de decodificación final. Es el juego de las interpolaciones frente a una realidad excesiva: “Soportamos una presencia olfativa nauseabunda; / solo a la hora más brisácea del día/ nos abandonan a la caída, / esa carencia de fierros torcidos sonando” (“En el el taller”, 16). La poesía reunida de Roger Santiváñez (2004-2016) ingresa en la carencia del sonido humano, caído para siempre, y felizmente condenado a desafiar toda armonía. En ese desamparo el vocablo se balancea en la lucha por vivir en estado de poesía permanente. El poeta orilla diariamente a la palabra a esa condición; pues concibe la poesía como una práctica sagrada en términos de  “una devoción y una mística y ascética disciplina” (“Proemio”, 9). Estos ejercicios poético-espirituales se encarnan a través de una praxis lírica que se asienta en la cotidianidad. De modo que proponen una alquimia que recoje albores sagrados de presencias profanas.

Oh santa rósel in my heart

You are my pendejita azul

Eres la arrodillada virgin li

 

Mensi in santuario fresh

Me brotas líquido profético

Lux behavior humana

 

Mente hazme en domingo

Tu homenaje sacramentado

Reliquia de la custodia (“Lúdica” 37)

Este yo vitalista celebra el aquí y ahora de la belleza que pasa y que pesa, que se instala con toda su gracia e irrumpe, como la eucaristía. Su blasfemia tiene las dimensiones de un reclamo por la inmanencia de lo sagrado, pero es sobre todo una blasfemia lingüística, a la que Santiváñez hace referencia en términos de: “Astucia de la lengua, acumulación y yuxtaposición. Una abolición constante sobre cada movimiento enhebrado. Símil de la imposible empresa significativa. Raros emparejamientos, constelaciones caprichosas, rayos láser sobre el sentido” (9). La versatilidad del verso entrama un imaginario grecolatino y un vocabulario preciosista afín al del Siglo de Oro español: gongorino por los latinismos, cultismos, y el hipérbaton; y quevediano por los conceptos que brotan en los versos como frutas frescas. “Poesía me encuentra tu luz ojo quebrado anís de la melancolía/ síndrome antesala barrunto oh la música que anudó el pistilo/ de la innombrada flor aún poseída después de la revelación” (“Egus”, 43). Parte de la lozanía de estos frutos proviene de la diestra incorporación de la jerga popular peruana limeña y piurana, así como variadas incursiones multilingües:

Ondas periódicas izan me

Levemente inside y aquí la

Sobra de una gaviota zass

Is un vuelo incaico in the

Atlántico norte not yet

& entonces qué es?

Silueta de conchita on the beach

Cueva de algún crab haciendo

Crack en la sopa del crepúsculo

And she said chicken tacos

This is the best time comadritas

Redoble de oleaje junto al muelle (“La insolación interior”48)

Los chispazos melancólicos en Sagrado nos muestran imágenes infantiles de un temple emocional vallejiano. Así, se observa en las alusiones al hogar dejado atrás, las actividades cotidianas en horas precisas, y el tono calmo que todaviíza los objetos:

Delicuescente claridad rosada

De la casa vendida tras la muerte

De su mejor amante a quien Rosa

Ofrecía uvas de Italia escogidas

Belleza del ciprés & los manteles

Suculentos lonches a las seis p.m.

Columpio del cielo allí estuvimos.

El paisaje de Sagrado es inevitablemente costero, aguarda como una caracola los misterios del sonido. Desde esa vigilia contempla: “Para escuchar el sonido del mar/ voy a pulir las olas revueltas se/ Renadas en mi nada solitario nado” (166). En esa marea las certezas hacen equilibrio entre la voluptuosidad del lenguaje y la voluptuosidad que lo inspira, que lo informa, que lo desafía. Se trata de un enjambre de ninfas, sirenas, musas, etc, que hacen las veces de Beatriz, en quien se busca virtú y Vida Nueva.

Para las dulces muchachas de neón

Una piscina, suavidad acuática, zam

Bullidas. Sol del crepúsculo salpica

 

Hasta el poema la gota de tu amor

Bajo el cielo de la luz nebulosa lá

Grima solita en el verano más triste

 

Cuando el césped verdea en dorado

& el atardecer se hila al horizonte

Azul el almendro de mi madre en

 

Mi memoria piurana pequeñas luces

Encendiéndose a lo lejos prix del aire

Son las briznas demudadas junto a mí (“IV Roberts Pool”, 160)

 

El deseo de virtú es consustancial a la conciencia de caída, del descenso intoxicado a través de círculos infernales, que el yo poético pinta para nosotros para que lo atravesemos con él:

Dedos enfermos como el libro de la hoz trataban de acercare a las nubes sensacionales mas el cuerpo incorpóreo proyecta su miseria en la dependencia ciega que no confía en nadie ni en las luciérnagas felice que rondan por el poste de los comprimidos the birds are going crazy en el ascensor del edificio malogrado se malogran a forro el error de los afectos escribo en mi máquina Olivetti sobremesa de medianoche pásame la merca decía tico- tico (216)

A este momento de la búsqueda poética llegamos al final de un libro que, además de sagrado, es telúrico magnético & fonético. El lenguaje se vierte en las páginas para narrar líricamente la adicción a las drogas. Como lo hiciera Naked Lunch de William S. Burroughs, el poema “La taba tóxica” nos hace ingresaren la espesura de la dependencia:

Sobrevivencia malsana cuál es tu gracia bordes concéntricos barrocos llenos de barro ensimismado estamos adiestrados en paita y maderas el sabor se me cuela por los poros melcocha barca barca barca burbujas transportadas canciones escuchadas al final de la avenida no hay deseo posible en la placenta del envión sino oratorios sagrados que se cuecen convictos envenenados piedad contenida en el cráneo tumbas de santana (217)

Así, Sagrado convoca ante nosotros una praxis ascética que nos muestra tanto los abismos que alimentan su sed de espiritualizar la materia, como la apoteosis del lenguaje que celebra el erotismo y la naturaleza. En ese sentido, coloca ante nosotros el peso de la realidad desde la corporalidad de la voz, a través de juegos de fonemas y encabalgamientos. No se descansa en la consecución de una ambrosía para un yo poético encarnado y hasta hacer del poema un “Lecho de risueña eucaristía psycho rose” (137).

***

Roger Santiváñez

Nació en Piura, Perú, en 1956. Estudió en la Universidad de Piura y posteriormente Literatura en la Universidad de San Marcos, Lima. Obtuvo un doctorado en Temple University, Filadelfia. Coeditó las revistas de poesía, Auki (1975), Escritura (1976) y La Sagrada Familia (1977), del grupo del mismo nombre que contribuyó a fundar. Militó en Hora Zero (1981) y cofundó el estado de revuelta poética denominado Movimiento Kloaka (1982-1984), el suplemento cultural Asalto al Cielo y el Comité Killka (1990) y del Centro Contracultural El Averno (1998). En el 2005 recibió el Premio J. M. Eguren de Nueva York. Ese año publicó Dolores Morales de Santiváñez. Selección de Poesía (1975-2005) de la que Sagrado (Poesía reunida 2004-2016) es su continuidad.

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Enrojecida casa de la poesía. Sobre En un mundo de abdicaciones (FCE, 2016) de Victoria Guerrero Peirano

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Los poemas que abdican despiertan en casas rojas, habitadas por gatos de la guarda y la sombra de escritores que desgajaron la miseria, se entregaron al techo inmaterial de los versos y al malditismo (Rimbaud, Ginsberg, Martín Adán). De sus domicilios destartalados llegan al hogar de paredes encendidas, donde la voz poética los alimenta y les da de beber. Ellos se hacen felinos. Todos al mismo tiempo se transforman en un gato hambriento que despierta a su dueña por la noche. Los poemas que abdican desposeen vocablos programáticamente y sin concesiones; es decir, mastican versos propios y ajenos hasta hacerlo un bolo solitario que desaparece en su boca: “El poeta y yo viajamos en un tranvía. No tenemos nada que comer. Ya nos hemos comido la poesía, los hijos, las metáforas. Los dientes no nos hacen falta, así que amanecemos desdentados. Somos pobres, no tenemos nada solo nuestros libros” (30). Se trata aquí de la miseria que acompaña la supervivencia, donde la vida y la poesía entran en una lucha cuerpo a cuerpo, porque quieren devorarse mutuamente. En medio el cuerpo (código de barras), un cuerpo escritural codificado, aguarda en una página de un libro que nadie leerá, un saldo, un resto cuya única fuerza es el tiempo. Esa energía que se acumula en los objetos antiguos dispersos en la casa roja.

         Antes, cuando el muro estaba en pie y se oía en las calles Yankees go home, una amenaza se levantaba al enrojecer el mundo levemente. Ahora el color ha perdido brillo; nadie le teme, dice la poeta. Pero el color no es una abstracción, es un signo material de la casa, que a pesar de su fragilidad todavía ocupa un lugar. La casa roja es un signo que se niega, con terquedad gatuna, a abandonar la página. Es un paradójico albergue a la intemperie, es la casa del lenguaje que guarece a la poeta a través de su alianza con ella: “Vagabundeo por la ciudad y voy de la mano de unos versos/ como si la poesía se convirtiera en una esposa mía/ En una esposa o en un marido/ Extremadamente bello pero pavoroso” (19).

          Este es un hogar singular. Los viejos roles se han demolido. Hay una mujer que escribe frenéticamente, que lee con la misma algarabía, que se pregunta una y otra vez el sentido de su tarea porque sabe y declara que su imagen aún no encaja en el abc del sentido común: “¿A quién le importa la escritura de una mujer?” (19), inquiere. Una mujer que escribe no ha dejado de remover imágenes preconcebidas del lugar de lo femenino en la producción simbólica. De esta reflexión nace un inédito retrato de familia: “En la mesa/ Nos sentamos juntas/ Les damos de comer a nuestros hijos y al gato/ De vez en cuando les doy un Padre/ Y todos juntos charlamos o nos sacamos los ojos// No hay nada mejor que estar aquí juntos/ Sobre todo cuando el Padre se va/ Vivimos a nuestro antojo/ Tirados hasta la tantas en nuestras camas” (43). Los escombros pertenecen a un mundo que se niega a matar las viejas formas, los prejuicios, y protege a toda costa las restricciones para mantener el orden. De esos escombros está hecha la casa roja y sus restos buscan ser purificados o transubstanciados a través de una escritura que termine por negar ese mundo retrógrado. Para lograrlo escribir deberá ser un arte de la pobreza; es decir, que ante todo reconocerá las condiciones de su miseria, de su marginación.

         La poeta sabe que no habrá revelación de por medio. Para abrir los ojos a la indigencia bastará con escuchar a una persona cualquiera opinar sobre su trabajo: “He regresado a Lima y estoy montada sobre una bicicleta rosa/ Alguien me dijo a la volada que la poesía había muerto/ y yo sonreí/ porque era como decir que yo también estaba muerta/ o que todo lo que me acontecía era falso” (33). Sin embargo, el espectro de la poesía no abandona a quien escribe, pues no es una presencia, es un hacerse, es una práctica que deviene de la reunión simbiótica de escritura y vida: “Hacerse dura a través del verso/ Hacer del verso una dureza/ Un clima impuro/ Una poesía que sea una excrecencia de la carne/ El recorrido de una sangre oscurecida por las tintas” (55). Es cuestión de equilibrio, de aprender a sostener el primer impulso que viene del lenguaje, pre-existente a la poeta y siempre ajeno: “Aprender a montar bicicleta/ Tener fe ciega en aquel que va detrás de ti/ Y mantienes tu equilibrio/ Y tú sigues y sigues pedaleando hasta que te das cuenta/ De que ya nadie te sostiene/ Exactamente en ese punto es cuando caes a tierra” (33). Sin embargo, asirse a la fuerza inicial no garantiza nada, he ahí la lucidez del arte de la pobreza. Los restos del primer impulso son insuficientes y aún así se erige una danza sobre sus escombros. Se asume la desposesión sin concesiones para tomar al vuelo los fragmentos y construir una nada inofensiva “casita roja hecha de letras encendidas” (58).

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Exhumaciones poéticas. Un recorrido por Pintura roja de Willy Gómez

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Ingresar en Pintura roja (Paracaídas, 2016) es entrar en un paisaje en esquirlas: una acumulación de escombros colmados de temporalidad. En cada fragmento encontramos imágenes históricas en procesos de figuración y desfiguración: “Aquí no hay nada que defina un horizonte. /Solo un desclasamiento en sus fines” (5). El guía de nuestro recorrido atraviesa cielos oníricos e imaginativos y a su paso cosecha versos rojos que susurran que la historia está preñada de violencia. Desde una geografía en pedazos se abre para los lectores la posibilidad de: “Una geometría de alumbrados o decorativa/ más púrpura/ el valle y la posibilidad de partida” (7). El poemario reconoce que lo artístico se separa conscientemente de lo puramente decorativo u ornamental. Existen movimientos que se desprenden del objeto artístico que impiden una impavidez de mirada del espectador: “La aprehensión de los elementos creativos/ ensamblados por las manos del artista// reclama a sus contemporáneos/ campos para el trashumante// esa es la palabra que creemos escuchar de algunos críticos/ cuando saben que el dolor entra a la pintura” (8). La materialización artística de las emociones configura un efecto perturbador inevitable.

Hace tiempo que la historicidad de la poesía ha dejado de estar en entredicho. En el lenguaje, la especificidad de los discursos suelen dejar su patria, de ello depende su vitalidad interpeladora. La historia a veces se hace literaria y la literatura se hace histórica. Los momentos de transición entre uno y otro extremo dejan una estela híbrida donde localizamos Pintura roja. Este libro es un aparato memorioso, cuyo diseño atraviesa el mundo interior para señalar los mojones violentos que lo constituyen. Por ello se  disponen imágenes diseminadas de la colonización del territorio americano: “nosotros arribamos es costumbre de colonia arribar dejar sentado”(29),“nada de pactos cada quien/ invierte/ o se convierte” (31), “hay ritmo en la construcción de iglesias/ arte cúpula y/ un amor de invasiones” (33),“hay dolor de caza en el ángulo adyacente/ intento de copiar un resto medieval/ aunque sin colonia los movimientos contienen el relato falaz/ de exportar o ser bañado por la religión” (41).

El momento de la ocupación, sea simbólicamente el asentamiento del ser humano en la naturaleza o la ocupación europea en tierras amerindias, es un tiempo que fragmenta la experiencia y su percepción: “hombres en las orillas de qué// internos en sus desagravios/ sin palabras// fundan su caleidoscopio/ un territorio espejado de la contaminación/ o idea de hierba humedecida/ desprendiéndose como una rotura de firmamento” (21).  Si la violencia desgarra la vivencia, el poema que la nombra se atomiza también: “rompo el texto o cualquier campo por imaginar/ paisajes gramaticales/ llenos de lágrimas si son criaturas/ entremezcladas en un toque de sirenas/ abierto el cuerpo con la camisa junta/ el color cubre partes que se han ido/ representa la primera constelada del lugar si rompe su silencio” (60). Así, los versos ven en la ruptura su futuro, porque del desgarramiento surge la imaginación y matices potenciales; es decir, la representación media no solo la re construcción del sentido de la experiencia traumática, sino la construcción de una posición ética- estética que tiene en cuenta el futuro, pues vuelve obsesivamente a hechos pasados ante la amenaza del olvido: “pero crucemos este otro tiempo de ejercicio y olvido/ de vida concreta que recubre el castigo indomable// lanzas trapos negros cuchillos/ experimentos de torcimiento de imagen/ del pasado y su acción política/ de tres en un acercamiento desde la esquina/ de tres vistiendo una jaula de palabras” (76).

En el poemario se focaliza el acto de “vestir de palabras” o “pintar textualmente”. Como Velázquez que en las Meninas  inscribe en el cuadro el acto pictórico mismo, en Pintura roja se deja evidencia de la proyección hacia el pasado desde un eje histórico temporal determinado. Sobre todo por la urgencia de motivo que se plasma: “toda explosión precisa de una exhumación flagrante” (82). El poeta sabe que los escombros llevan a una inspección e interpretación, aunque no se trate de aserciones definitivas: “el episodio artístico como materia de intervención/ a intervención/ es lo único que queda del cuadro que veo/ un mar adentro/ faldas de cerros/ lo nuestro es así// un desierto hablado” (83). Ese hablar es el lienzo y su afuera en relación simbiótica: “la teoría arcaica del trazo reviste un color de ritmos y curvas aunque hablen esas siluetas metálicas de otro mar de las manos al fondo/ torcido/ variable en la siguiente curva/ del dibujo” (85). Así, la versatilidad de la inscripción poética en el libro se debe a su empeño por bordear el límite entre el pincel y su evocación; es decir llevar a cabo una interacción que implica una vocación histórica esencial: “adhesión al misterio de líneas y del lenguaje de voluntad/ casi primera antes de la dar forma a la historia” (96).

Willy Gómez Migliaro: (Lima-Perú, 1968) Poeta y profesor de literatura. Autor de Construcción civil (2013), Nuevas Batallas (2013), Moridor (2010), entre otros títulos. Ha sido reconocido con el Premio hispanoamericano de poesía Festival de la Lira 2015. Ha dirigido las revistas de poesía Polvo enamorado (1990-1992) y Tokapus (1993-1996).

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Gociterra – Lecturas móviles (Mariela Dreyfus)

Gociterra emprende la búsqueda de testimonios creativos y pretende ser vehículo de viajes de la palabra poética. Su propósito es extender lazos y plantear la posibilidad de la escucha y del intercambio literario.

Esta es una muestra en curso configurada por voces de la poesía hispanoamericana contemporánea.

Mariela Dreyfus nos lee poemas de sus libros Morir es un arte (Lima, 2010; 2014) y Cuaderno músico precedido de Morir es un arte (Madrid: 2015)

MARINA

ésta es la danza con el mar

la eterna danza la macabra

espejo del atardecer

líquenes enredados a mi cuerpo

como un cordón umbilical

el mar me abre su vientre

me cobija sus olas son el amarillo

maternal esa caricia lejana

ya olvidada entre las olas

soy la niña del mar su criatura

de piernas recogidas y pulgar en el labio

el mar me lleva avanzo entre las rocas

lado a lado los ojos entreabiertos

a la izquierda el sol rojizo a la derecha

la medialuna pálida me observa cubre

mi negro omóplato en el mar

me copio y me recreo soy narcisa

LIED NEGRA

            (Sarah Kane) 

Oye esta música

esta densa monótona canción de adentro

de la herida del fondo del alma

este ruido incesante

esta tumultuosa tonada del yo

 

Mi alegato se vierte como un soplido del viento

un sibilino murmullo recitado

que en inglés te repite o en español te inyecta

esta oscura cascada de palabras

 

yo estoy sola

                        yo no me amo

                        yo me odio

 

Pero aquí nadie entiende nadie puede acercar

el oído como un bálsamo a mis labios

nadie puede tocar esta ranura

esta grieta de hielo en el corazón

 

La soledad incita al odio

y a la vergüenza y a la obstinación

a la rabia que todo lo permea

me persigue y desborda

y cuando aun al fin sin los demás

despierto a las cuatro y cuarenta y ocho

en punto de la mañana

cuando llego al vértice de la melancolía

y estoy cansada de gritar

de pedir que ya basta ya no más

la tensa cuerda de los miedos me circunda

me acaricia la nuca va ajustando

sola se anuda aprieta me levanta

y a mis pies no resta ya más nada

que esta viuda imposible intolerable

lied negra.

(De: Morir es un arte)

 

La palabra viaje

en esa leve heredad los abuelos disponían

la chaise longue al pie de la cama y yo

me arropaba junto a ellos su tibieza de

horno contra el invierno gris el abuelo

abría en la mesa su gran diario me hacía

leer editoriales llenos de palabras extrañas

que luego mirábamos en el larousse incluso

una vez preguntó qué era la bandera enhiesta

en fiestas patrias luego hubo otras cosas

enhiestas en mi vida por ejemplo el arma

con que alguien me apuntó en un toque de queda

pero abuelo hablaba de un cierto orgullo nacional

que también se hizo trizas como la taza de la

abuela con su leche de vaca y harta azúcar

para ese primer sorbo que era mío y fue mía

además la planta de la higuera donde en noches

sin luna se descolgaba un duende o el árbol

de pacae demasiado precario demasiado inquietante

era también la bisabuela esperándome en el cuarto

del fondo más allá del gran patio más allá de los

andes ella hablaba un dialecto hermoso ante mi

mal carácter decretaba ya no criar más cólera

como si ésta me brotase por dentro y había

que dejarla morir niña inconforme niña insatisfecha

apaga de una vez ese canal por donde viaja la ira

que habrá de devorarte que habrá de dirigirte cuando

escribas tan fuerte en la libreta que el dedo medio

quedará dislocado cuando inventes tu propia

semántica violenta cuando grabes la palabra desnuda

grave herida la palabra que marca tu destino en las

borras tempranas del café

 

 

***

ESPACIO para el dolor su

prístina materia alucinada

las curvas con que lo esquivas

frente a frente riendo como a un

muñeco de vudú le clavas agujas

pero no muere el dolor del barro

vuelve a levantarse sus labios te

susurran aquí estoy entonces

no queda sino habitar con él

servirle el desayuno llevarlo

contigo en la cartera pegado a la

cadera que a ratos parece que se

abre pero vuelve a ti ese aguijón

físico a la izquierda más arriba

a  la diestra y aunque es áspero

el dolor se te clava en el pecho

le crecen dedos garras afiladas

vas sumando dolores uno a uno

los atas en un haz les pones nombre

hay dolores antiguos como en rilke

aún no florecidos su roce es golpe

seco como una sed eterna temporal

que pasa vuelve y reposa también

horizontal así lo llevas a la cama le

cepillas los dientes al dolor siéntalo

en tus faldas dale un abrazo nada temas.

(De: Cuaderno músico precedido de Morir es un arte)

 

Mariela Dreyfus 

Destacada poeta peruana, autora de  Memorias de Electra (Lima, 1984), Placer fantasma (Premio Asociación Peruano-Japonesa, Lima, 1993), Ónix (Lima, 2001), Pez (Lima, 2005); Pez/Fish (New Delhi, 2014), Morir es un arte (Lima, 2010; 2014) y Cuaderno músico precedido de Morir es un arte (Madrid: 2015). Escribió el ensayo Soberanía y transgresión: César Moro (Lima, 2008) y ha traducido a Allen Ginsberg, Sylvia Plath y Diane Wakoski entre otros poetas norteamericanos. Ha coeditado los tomos Nadie sabe mis cosas. Reflexiones en torno a la poesía de Blanca Varela (Lima, 2007) y Esta mística de relatar cosas sucias. Ensayos en torno a la obra de Carmen Ollé (Lima, 2016). Fundadora del colectivo artístico Kloaka (1982-84), reside en Nueva York desde 1989 y actualmente es profesora en la Maestría de Escritura Creativa en Español de New York University.

Gociterra-Lecturas móviles (Carlos López Degregori)

Gociterra emprende la búsqueda de testimonios creativos y pretende ser vehículo de viajes de la palabra poética. Su propósito es extender lazos y plantear la posibilidad de la escucha y del intercambio literario.

Este primer volúmen es una muestra en curso configurada por voces de la poesía peruana contemporánea. Carlos López Degregori nos lee poemas de Una mesa en la espesura del bosque (2010) y La espalda es frontera (2016).

 

El sol mendigo

Yo soy el sol mendigo y recorro las calles de la ciudad pidiendo cualquier cosa que entra por la boca insaciable de mi saco.

Pero algo fue distinto ayer cuando llegué con las últimas luces a tu casa. Acercaste el rostro al ángulo afilado de la puerta y no me ofreciste una joya de plomo, ni un mendrugo de pan, ni una moneda humedecida con tu saliva.

Solo la sonrisa que te pintas cada noche antes de acostarte y al temblor del cuchillo en tus dedos cuando cortaste una lámina encendida de mi rostro.  Lo siento, repetías, pero ya está oscureciendo y no tengo manteca. La necesito para freír todas mis vidas afligidas.

Me invitaste a pasar. Olía a grasa el claroscuro de la cocina, saltaban en los platos huevos henchidos como soles y ásperas almendras.

Puse un mantel de andrajos y comimos hasta saciarnos. Fue un momento perfecto. Después besé tus labios manchados de vida amarilla y la pared se abrió. En la lejanía se inclinaban los árboles mendicantes y agitaban sus hojas para saludarnos.

¿Puedes regalarme tu otra mejilla? – preguntaste.

Soy el Sol Mendigo: Puedo.

(de La espalda es frontera)

 

 

UNA MESA EN LA ESPESURA DEL BOSQUE

La mesa está puesta para tres

como si tres fueran todas las personas

que pueden comer en una mesa

y no existieran más números ni sillas.

 

¿Pero qué pueden comer esas tres personas?

¿Carne ingrávida?

¿Carne sonora

para sus tres bocas dibujadas con tiza?

Ellas no hablan

solo comen

y derraman en el mantel que pasa sin fin todo su hambre.

 

Truenan las nueces y sacuden sus tesoros

que son ojos o dientes

tiembla la carne

y hace gritar a la madera

crece espeso el humo y cubre las paredes del aire.

 

La mesa está puesta para tres

como si tres fuesen las personas

que justifican una mesa.

 

Nada es más difícil

ni irreal

que verlas con los labios manchados y ansiosos

comiendo todo el día.

No a una persona sin remordimientos que soy yo

ni a dos que eres tú

sino a tres golpeando los cubiertos

en una gruesa música de hierro.

 

A ustedes, tres personas, les sirvo esta iniquidad:

vuestras bocas son un negro bosque

para perderse

una espesura de árboles decapitados.

(de Una mesa es la espesura del bosque)

 

Antena

caminas por el borde del mar tocando con tu mano izquierda la pared herida de salitre

¿has pensado por qué lo haces?

tal vez la pared y el mar así lo han decidido y eres su instrumento

tal vez eres el único ser vivo en este malecón que no avanza ni retrocede y estás detenido en la pura cornisa observando cómo te acercas por la playa con un bastón metálico en la mano

lo clavas en la orilla porque es una antena y empiezas a transmitirle a unos imperdonables oídos futuros

que tienes que estar aquí sosteniendo con la mano izquierda la pared y con la derecha el mar vacío

pareces una isla en la que quisiera, casi dolorosamente, retirarme a vivir

pareces el ojo entreabierto del cielo que empieza a sangrar

(de La espalda es frontera)

Carlos López Degregori nació en Lima, Perú, en 1952. Licenciado en Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Perteneció al grupo La sagrada familia. En la ciudad de Lima, ha publicado los poemarios: Un buen día (Ediciones La Sagrada Familia, 1978); Las conversiones (Universidad de Lima, 1983); Una casa en la sombra (Instituto Nacional de Cultura, 1986); Cielo forzado (Seglusa / Colmillo Blanco Editores, 1988); El amor rudimentario (Asociación Cultural Peruano Japonesa, 1990); Lejos de todas partes (Universidad de Lima, 1994); Aquí descansa nadie (Editorial Colmillo blanco, 1998), y otros títulos como Una mesa en la espesura del bosque (2010) y  La espalda es frontera (2016).

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Gociterra- Lecturas móviles (Mateo Díaz)

Gociterra emprende la búsqueda de testimonios creativos y pretende ser vehículo de viajes de la palabra poética. Su propósito es extender lazos y plantear la posibilidad de la escucha y del intercambio literario.

Este primer volúmen es una muestra en curso configurada por voces de la poesía peruana contemporánea.

Mateo Díaz nos lee Libro de la enfermedad (2015) y un poema inédito.

 

SIN HABER SIDO invocada, la claridad ha descendido sobre el campo y reside entre las corolas de los arbustos.

No ha necesitado del destello del rayo, tan solo se reconoce por las sombras bien trazadas de la enramada.

Ante su luz, las cosas se vuelven evidentes: las manchas sobre la piel de los cerdos, el grito recurrente de las gallinas y el barro que respira como un animal vivo.

Entonces el ojo cansado encuentra el reposo del colibrí, la anchura del estanque herido en el reflejo.

Ver sin el velo es aceptarlo todo: he aquí un hecho que no podemos explicarnos.

Así como ha venido, del mismo modo se retira y vuelve a escucharse el sonido hueco de las palabras.

 

Elogio de los caminantes

 

III

 

Incinerada la tierra, abierta

La vaina chamuscada y despojada del fruto,

Lleno del hervor del mediodía el aire

Vespertino; pero prendidos nuestros cuerpos,

Cargados de la luz que baja de lo alto y

Poseídos por el fuego que es hálito fugaz,

Aliento más veloz que el vértigo

De la nada, vueltos nuestros huesos

Brasas y los ojos llamaradas

Hasta henchirnos de transparencia:

Así tu tiempo, canícula; así la estación de la trilla

De la cosecha humana. Hace tres noches

Que el sol nos marca desde el cenit;

Iluminando en el día el espejismo de lo venidero,

La llaga incolora del futuro, el ojo abierto

De la sibila, el ojo por donde mira y se mira

El insomnio de la razón;

Y, cuando descienden las sombras,

Cautivando su llama en vaso más frágil,

El receptáculo de nuestra arcilla, ceniza

Azuzada por la hoguera que es tiniebla.

 

Esta mañana hemos encontrado entre la arena

El hueso blanquísimo de una ballena

Y recordamos el peso que inclina al hambriento,

Los naufragios de incontables diluvios

Perdidos entre los pliegues de la historia.

(Los antiguos hombres que poblaron estos arenales

Conocieron el desierto que se extendía

Como una lengua sedienta, horadada

Por las piedras salitrosas. El silencio

Que sucede al rapto del viento tampoco

Les fue desconocido, pero entendieron

Que la certeza de la voz les sería vedada.

También ellos tosieron y mancharon de sangre

La arena que ahora pisamos, y por eso

Soñaron con bocas abiertas y presagios de lluvias).

 

Canícula, hemos venido por este camino

Persiguiendo el agua dorada que nos huye,

La vida que se precipita y que no alcanzamos.

La fe es una ofrenda más pobre que los fósiles

Pulverizados: ya nadie cree en el felino,

Sino por su colmillo abierto; en la serpiente,

Sino por su lengua abierta; en el hombre,

Sino por su mano abierta.

Danos al menos la tierra

Para esperar la gota que nos consuma

Y así ser piedra, recinto donde

Podremos arder

Y permanecer.

 

(de Libro de la enfermedad)

 

***

Fiat tenebris

 

En el principio, todo luz, haces intensos que cubrían cada partícula del universo. Brillo terrible cuya omnipresencia se fundía con el exterior, aniquilando todas las cosas: sonido o silencio luminoso, tacto que se difumina en ardor, ceguera donde no existe la palabra. Y un mundo detrás de todo ello, inédito aún, dispuesto a cobrar forma; metales, páramos, fuentes: la vida sepultada en una tumba de incandescencia.

De pronto… el que Es, arrojando sombra a su paso, dador del remanso de la noche.

Y la Creación se hizo cierta ante los ojos.

(inédito)

 

Mateo Díaz Choza (Lima, 1989)

Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha publicado los poemarios Av. Palomo (2013) y Libro de la enfermedad (2015), además de ser coeditor de Recitales Ese puerto existe. Muestra poética (2010-2011) (2013). En el 2013, obtuvo el primer lugar del Concurso de Poesía – Juegos Florales de Barranco.

 

Gociterra-Lecturas móviles (Paulo Peña)

Gociterra emprende la búsqueda de testimonios creativos y pretende ser vehículo de viajes de la palabra poética. Su propósito es extender lazos y plantear la posibilidad de la escucha y del intercambio literario.

Este primer volúmen es una muestra en curso configurada por voces de la poesía peruana contemporánea.

Paulo Peña nos comparte fragmentos de Cada ventana tiene su propio cielo (Paracaídas, 2013)

Cada ventana tiene su propio cielo

(fragmentos)

Estoy en mi habitación, rodeado por mis cuadernos de apuntes, mis esquemas de trabajo y un gastado fascículo perteneciente a una de las tantas ediciones del diccionario Larousse. Una antigua promoción comercial permitía contar con la enciclopedia completa, siempre y cuando se comprara cierta revista que salía cada semana. Mi padre fue quien se encargó, con diligencia admirable, de reunirnos la colección. El fascículo se trata en realidad de un cuadernillo con el lomo empastado y que como seña más llamativa tiene una serie de minúsculas manchas de color marrón que reviste el borde de sus páginas. Si lo abro, noto de inmediato que el margen utilizado por las palabras y sus significados los mantiene a salvo de la especie de aureola amarillenta que ha crecido desde aquellas manchas. No puedo quitar la mirada de la franja formada entre el margen de las palabras y el borde de la página. No sé explicarme el porqué de este gesto. Aunque luego caigo en cuenta de que se debe a que estoy contemplando, en todo su esplendor, el único y verdadero reino de los hombres. Es decir, el espacio sobrante en el que vivimos: entre lo transitorio y lo inexorable. Entre el conocimiento que durante siglos hemos ido adquiriendo, atesorando y continuado heredando; y el desconcierto que nunca ha cesado de provocarnos la permanente presencia del tiempo.

Aunque ocurra de forma casual, sea en el lugar que sea, y más allá de que dure solo por un breve lapso, al toparme con la conversación de dos desconocidos, quiéralo o no, ciertas palabras terminarán invadiendo mis tímpanos. Si pretendo entender su sentido, y así consigo encontrar en ellas la respuesta o la solución a mis dudas no dichas, entonces serán como aquellas semillas que al invierno sobreviven bajo tierra y logran germinar porque a tiempo las alcanzó el calor de la vida. Su fruto azaroso me sosegará. En cambio, si pretendo entender su sentido, tan sólo prendido por la curiosidad, deberé tener la pericia de sujetarlas cuando en su viaje de esquirlas atraviesen mi campo de percepción, para que así, lo más pronto posible, determine su tono y destino. A veces lo consigo, a veces no.  Cuando creo que sí, me satisfago por haber empuñado —metiendo la mano a ciegas en un estanque fangoso— una preciosa serpiente: el sentido. Pero cuando descubro que no, me doy cuenta que sólo he cogido la piel —una lámina viscosa y oblonga— y que la serpiente, suelta en el agua que comparte conmigo, no sólo está dispuesta a escapar de mi presencia.

Paulo César Peña (Lima, 1986)

Ensayista e investigador literario. Fue fundador y director de la revista de ensayos ‘Estereograma’. En 2013, publicó el libro de prosas breves ‘Cada ventana tiene su propio cielo’ y, en 2015, el ensayo ‘1945: Jorge Eduardo Eielson, vida y canción en Lima’, ambos con Paracaídas Editores. Asimismo, en los últimos años, ha estado a cargo de talleres de escritura creativa y ha escrito artículos y reseñas sobre poesía peruana en revistas especializadas.

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Gociterra-Lecturas móviles (Lucho Chueca)

Gociterra emprende la búsqueda de testimonios creativos y pretende ser vehículo de viajes de la palabra poética. Su propósito es extender lazos y plantear la posibilidad de la escucha y del intercambio literario.

Este primer volúmen es una muestra en curso configurada por voces de la poesía peruana contemporánea.

Lucho Chueca comparte con nosotros poemas de Ritos Funerarios (Colmillo Blanco, 1998) y Contemplación de los cuerpos (Estruendomudo, 2005)

Retrato de Taboga (ii)

Taboga descansa en el reverso de la navaja; su cuerpo

resbala por el filo ardiente,

turbio,

de esa forma inverosímil

de ese urgente grito

que repele toda apariencia de armonía.

 

Descansa

y su figura se arruma, se hace

nudo, ovillo, núcleo, nuez; y nuevamente

extiende su volumen.

 

Taboga disfruta del filo despreciable del cuchillo,

del bruto extremo que hinca y aprisiona,

del dolor que seduce

mientras suavemente perfora los costados y

encanta con su sonido agudo,

nervio, sordo,

que engaña como un sueno

romo y repetido.

 

Su figura se expande nuevamente

y cubre los extremos de la

hoja:

            el anverso

            y el reverso

de la desesperación.

 

Taboga se acerca al borde del abismo,

del minúsculo abismo donde todo desaparece y deja de existir,

donde toda fuerza se abandona entumecida

y ya no queda nada de lo que sostenerse.

 

Nada

ni el mismo abismo al que se arroja.

DE Ritos funerarios (Lima: Colmillo Blanco, 1998)

 

Documental

Un video narra las horas finales de Pompeya en el año 79 dC. Explica el arqueólogo que el motivo de la muerte de sus habitantes no fue la lava del Vesubio sobre los cuerpos, sino el contacto de estos con una temperatura superior a los 500 grados. “La coloración rojiza hallada en algunos cráneos es una particular incógnita. Podría ser el cerebro que comenzó a desbordarse previamente a la explosión. El calor fue tan intenso que puso a hervir el cerebro antes de estallar”, anota fríamente.

Ensayo esa misma frialdad documental en este poema y añado, sobre acontecimientos más cercanos: “Lo que quedaba de los cuerpos fue entregado a los familiares en cajas de leche Gloria. Poco antes se hallaron, enterrados, camino a Cieneguilla, restos de un maxilar superior y cinco dientes, el cráneo de una mujer con un agujero de bala, retazos de un pantalón calcinado y un juego de llaves, que permitió identificar a las víctimas y seguir la pista de los cuerpos embolsados”. O transcribo, en un nuevo giro, el comentario de un marino que explica que, a diferencia del Ejército, en su arma a los detenidos “los matan desnudos para que no los reconozcan, ni sortijas ni aretes, ni zapatos ni ropa interior. Y las prendas las queman”.

Ni un asíndeton he tenido que inventarme. Tampoco imágenes o la contraposición.

Me pregunto si hay algo que aumentar en este poema.

***

Contemplación de los cuerpos

Visiones nebulosas y constantes

transcritas en una lengua que no se deshilvana

aunque debiera

ni masca su carne hasta el espanto

Y entonces cómo escribir si el hálito de vida

se adelgaza violentamente

cómo no perder la voz o hundirme

en la locura

cómo pretender que la armonía reorganice la existencia

si el verbo exacto es solo engaño ante la muerte

montada sobre el lomo

sin embargo aspira la certeza de los póstumos latidos

dibuja sobre tu piel las marcas de los cuerpos contemplados

y   canta    canta     canta

que el canto redime del horror

y de la fría voz de la impaciencia

acaricia el pecho desgarrado

el cuerpo canceroso

el agujero en el omóplato

como al desvelo de un sexo que se hunde sobre otro

en la más extrema perfección

golpea        rasga        desentierra

o arráncate los labios

pero canta

DE Contemplación de los cuerpos (Lima: Estruendomudo, 2005)

Luis Fernando Chueca (Lima, 1965)

Ha publicado los poemarios Rincones (Anatomía del tormento) en 1991, Animales de la casa en 1996, Ritos funerarios en 1998 y Contemplación de los cuerpos en el 2005. Está incluido, entre otras antologías de poesía peruana, en La letra en que nació la pena (1970-2004)  (Lima: Santo Oficio, 2004), La mitad del cuerpo sonríe (México: FCE, 2007) y Fuego abierto (Santiago: Lom, 2007). Estudió Literatura en la U. Católica del Perú, donde también cursó una maestría. Se doctoró en Literatura en la U. Católica de Chile. Actualmente ejerce la docencia en la Universidad de Lima y en la PUCP. Entre sus trabajos sobre poesía peruana están Umbrales y márgenes. El poema en prosa en el Perú contemporáneo (U. de Lima, 2010) y Espléndida iracundia. Antología consultada de la poesía peruana 1968-2008 (U. de Lima, 2012), escritos junto con Carlos López Degregori, José Güich y Alejandro Susti, además de la edición de Poesía vanguardista peruana (PUCP) en el 2009. Fue coeditor de Odumodneurtse, periódico de poesía y de la revista Intermezzo tropical.

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