Saltos y sobresaltos. Notas sobre Nunca aprendimos a saltar la cuerda de Enrique Winter

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Nunca aprendimos a saltar la cuerda nos ofrece los botines de una exhaustiva cacería del lenguaje. Winter es un coleccionista de situaciones poéticas alimentadas de intimidad,  historia y cotidianidad. El volumen reúne los poemarios Atar las naves y Rascacielos, cuyo contrapunto permite observar una escritura versátil que nos lleva del imaginario marítimo al imaginario urbano a través de una misma tensión verbal.

Atar las naves abre con un epígrafe que se refiere a Hernán Cortés y su destrucción de  las embarcaciones a su cargo. Se rememora su decisión radical de elegir la victoria o la muerte como único futuro. La evocación histórica funciona en los poemas como un disparador de la imaginación: “Nací del desencanto de los hombres de Almagro, / mi diluvio cabía en su saliva, / mientras ella abarcaba los senderos descalza” (“Duermevela”, 56). El viaje transatlántico que precedió este hecho lleva al sujeto poético a recrear el suceso dentro de un momento mayor en el que el cosmos se escribe a sí mismo, se lee y se enmienda:

Bajo la superficie de los mares

hay espacios en blanco.

 

Las crestas de las olas alcanzan caracteres

que sólo imprimen en mareas altas.

 

Estas dos hojas diarias se suman a otros mundos

y nuestra Vía Láctea lee.

 

Los juzga a todos malos, los arruga y los lanza.

Los agujeros negros: pura tinta perdida. (“Maestranza”11)

 

En esta macro-escritura de la realidad, se vierte una preocupación por la posibilidad del atar y sus negaciones. Se reconoce una experiencia desintegrada, cuyas discontinuidades desafían a la palabra. De ahí los azarosos encuentros semánticos, que nos recuerdan el lenguaje surrealizante, tan influyente en la poesía latinoamericana de la primera mitad del siglo XX. Así,  la idea de atar sugiere la necesidad de unir familias significantes disociadas o controlar el desquicio, como sugiere la frase “loco de atar”:

Dolor de cuello, afuera la lengua y balbuceos,

gringo proleta o vieja solterona

limando sus perfectos muebles. Flaco,

tendencia a la afonía y al bostezo.

A inflamar estas naves. Modulación en falta.

Tendencia al yeso y a perder papeles,

al mal riego sanguíneo. A caerse en canales.

Perdimos nuestras fichas de ludo. Se atoraron

con dulces nuestras cuerdas. Y para este jueguito

del amor, nudos en la tráquea.  (“Exordio a soltar la cuerda –tendencia a la afonía-”, 18)

 

Los nudos en la garganta tejen el desarreglo del lenguaje, que multiplica las evocaciones del elemento cuerda y lo coloca en un espectro que va de lo lúdico a lo trágico:

Nunca aprendimos a saltar la cuerda,

Mis padres la olvidaron

en el bazar de Presidente Errázuriz

dos nueve cero uno.

 

Al techo del lugar sigue amarrada,

balanceando a mi abuelo. (“Soltar la cuerda”, 12)

 

La brutalidad y el lirismo se conjugan para forzar al lector a una ágil lectura, que desencaja las expectativas y la predictibilidad de los campos semánticos, como si para adentrarse en esta poesía fuera necesario ir a la deriva, someterse a una tormenta o acaso a un remolino: “Tan sólo el mar extiende travesías ,/ lo demás es turismo” (“Los encallados”19). A diferencia de los viajes de placer, con un itinerario confortable y fijo, este recorrido es un viaje a ciegas, que persigue la ceguera como una tarea de desandar la biografía de las palabras, para darles una nueva historia: “La palabra hacia la isla Soledad/ en la vaina, nosotros buscando al fin objetos/ para innombrar” (21). Winter nos presenta una poética que desnombra para poner en tela de juicio la sucesión de la experiencia y hallar la complejidad que esta encierra en sus hiatos: “Los puentes son mosaicos de madera con agua/y juegan como íconos de algún rompecabezas, / como piezas revueltas en la mesa del aire” (“Puentes, 29”). Los puentes, al igual que los nudos, no solamente juntan lo discontinuo, sino que son costura visible de la naturaleza fragmentada de la experiencia. Sin embargo, no se busca constatar la desintegración, sino lo que ella hace posible. Más allá del mosaico, son relevantes la conectividad entre las piezas y su carácter móvil: “No es la figura, sino el movimiento” (43). Los cabos sueltos de la historia dibujan agudas interrogantes con las cuerdas:

Las cuerdas. Sé dónde las tiran.

 

Los aparejos de los españoles

los reciclaron en las mismas plazas.

La Lira Popular pendió de los cordeles

como de los cuadernos el colgado escolar. (60)

 

Esos cuadernos soportan garabatos. En ellos se rasguñan memorias o se descascara la bóveda celeste, como podría sugerir el título del segundo bloque del libro, y segundo poemario de Winter: “Rascacielos”. El aquí y el ahora demanda una atención vertiginosa hacia lo real: “Un muro es un muro aunque le pinten flores” (73), “No puedo hacer el amor entre muertos” (81). Los tonos líricos de Winter se dejan impregnar por un lenguaje popular, de corte periodístico sobre conflictos familiares: “-Mañana le voy a quitarle al niño- últimas palabras del/ hijo pastabasero a su madre (i. Los pasabaseros se vuelven locos,/ me ha levantado las manos dos veces ya ii. Hace pipas delante de mío/ para provocarme iii. Tira en pelotas en el patio. Quiso quemar mi casa)” (89). Se extrae de esta forma declaraciones de víctimas, cuyo lugar natural serían los medios masivos, pero que se re-semantizan en el espacio poético: “Hace justo un año fui testigo contra mi marido por abusos sexuales de otra. / Desde entonces Carabineros ronda por mi casa/ pues su hermana juró vengarse” (94). Al incorporar un registro testimonial de esta naturaleza, Winter cuestiona la exclusividad del contenido lírico en el campo poético. Asimismo, muestra una nueva vida del testimonio, pues en la prensa casos de este tipo se acumulan, se desgastan y, en consecuencia, se invisibilizan. En contraste, al colocar el testimonio en territorio poético, acompañado de su oralidad, se le sitúa en el foco de atención. Asimismo, las vida periférica de trabajo y subsistencia ocupa un lugar importante en este poemario:

(con mis cuarenta y cinco horas, años)

huelo a Cindy cocinando almuerzo

 

y salgo de mi casa tarde

viviendo el anteayer, el día.

 

Por las noches caliento un plato

que ya no tiene aroma (“La jornada” 116)

Además, “Rascacielos”, no sólo sugiere una la mirada vertical desde la abstracción lírica  hacia lo concreto para borrar esa distinción, sino también sugiere la penetración en una región ignota: “Ella es la noche y yo un rascacielos en la noche/ pincela mis ventanas de amarillo/ esconde mi estructura” (“10 P. M.”, 135). Esta es una imagen colmada de erotismo, que dota de otros matices al conjunto. El yo poético se interna en la realidad como quien ingresa a un todo habitado por sordidez, erotismo, ternura, etc. Es decir, el yo poético ofrece una visión múltiple de lo real, que explora su propio desconcierto: “Este es el lugar donde nada se acerca ni se aleja/ donde deja de ser mi cuerpo lo que toco/ y no siento pisadas/ (es como verte sin oírme)” (153).

La cuerda está suspendida en la invitación a la lectura, pero la destreza en el salto no es su condición. No estamos instruidos para dar un salto felino e impecable. La cuerda, que se evoca poéticamente, no solicita un buen salto que vaya entre los fragmentos de la experiencia y los ate. Esta poesía demanda el acto de soltar la cuerda; es decir, dejar los fragmentos en fragmentos. La poética de Winter parece decirnos, en última instancia, que la desintegración debe seguirnos interrogando con el brillo de su naturaleza rota.

***

Enrique Winter

Nació en Santiago de Chile en 1982. Es autor de lis libros Atar las naves (premio Festival de Todas las Artes Víctor Jara; 2003; Rancagua-Valparaíso, 2009), Guía de despacho (premio Concurso Nacional de Poesía y Cuento Joven; 2010), Rascacielos (Ciudad de México, 2008; Buenos Aires, 2011), junto a Gonzalo Planet del álbum Agua en polvo (Premio Fondo para el Fomento de la Música Nacional), la novela Las bolsas de basura, entre otros. Es magíster en escritura creativa por la Universidad de Nueva York.

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One comment

  1. Gracias por este esclarecedor articulo donde se destaca la faceta de critica literaria de EB

    ________________________________ De: gociterra Enviado: martes, 19 de septiembre de 2017 10:49 p.m. Para: ramos431958@hotmail.com Asunto: [New post] Saltos y sobresaltos. Notas sobre Nunca aprendimos a saltar la cuerda de Enrique Winter

    Ethel Barja posted: ” Nunca aprendimos a saltar la cuerda nos ofrece los botines de una exhaustiva cacería del lenguaje. Winter es un coleccionista de situaciones poéticas alimentadas de intimidad, historia y cotidianidad. El volumen reúne los poemarios Atar las naves y Rasc”

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