Armonía en la cantera. El decir poético en Piedra en :U: de María Auxiliadora Álvarez

piedra

El enigmático título, Piedra en :U: (Candaya, 2016) del poemario de María Auxiliadora Álvarez alude a la materia en formación, su agazaparse en una cóncava morada. La filosofía del lenguaje se ha extraviado innumerables veces hablando de las palabras, la gramática, lo inefable y poco se ha dicho de la boca. Lugar algo evidente y, por lo mismo, no del todo comprensible o explicable. En estos poemas se evoca sus interiores, como el lugar misterioso donde las palabras nacen de golpe y escinden el mutismo: “la lengua/ se multiplica/ contra el peso que la sostiene// tensando/ la herida/ de renacer// latigando/ comisuras/ resecas// y aquietándose/ bajo su cielo/ de paladar// como si/ hubiera/ hora/ para/ el silencio” (21).  El lugar de la articulación es tumba y cuna tibia de las palabras que aguardan  como el primordial alimento del hablante.

La materia ígnea del verso o su pre- historia, antes de hacerse poema, espera en agitación y gimnasia continua; y su entrenamiento es la negación; es decir, una forma de ir contra sí misma. Entonces la palabra comparece ante sí y deviene una entidad extraña ante sus propios ojos: “y entretanto/ entrando/ y estrenando/ y entrenándonos/ en el contrapeso/ del :no:// único/ dintel/ de sostenimiento” (27). Ese equilibrio preciso entre el pasado y el futuro de la palabra estrecha lazos con los misteriosos puntos que la poeta pone en relieve:   :U:  Este signo puede señalar la genealogía y el desencadenante en una sola ocurrencia fónica, como si se trazara la estela que hace posible la letra, su vibración en la garganta y su escucha. Todo ese proceso que los usuarios de la lengua olvidamos.

Esa omisión del origen de la palabra tiene la naturaleza de la ceguera deliberadamente inducida por el miedo: “ojos/ que vimos// (no podríamos/ haber/ sobrevivido/ a lo inanimado)// sufrir que vimos// y reír” (33). La inercia es fuente de temor y desconfianza, lo inerte no responde y no se sabe qué expectativas guardar frente a su materia. Sin embargo, palabra y visión persisten:

Todo fue

:armado:

por la esperanza

 

(el viaje

era

hacia

el tú)  (33)

 

Lo inanimado, entonces, encarna la frustrada llegada al interlocutor. Su sola presencia evoca la brecha que los dos puntos pretenden franquear. La orilla de lo desconocido es el suelo que pisa el vocablo antes del salto fuera de la cantera. La interpelación del tú es tan poderosa como para agitar sus músculos. Se sobrepone de sus miedos y al saltar depone el pasado graficado en los dos puntos antecedentes y se inclina a los desencadenantes de su acción, su futuro:

La noche

se impone:

 

advertencia

del vacío

exento

de luz

 

Contra ella

el pensamiento

no se puede

sustentar (35)

 

El paralelo entre los dos puntos como escoltas de la palabra en devenir y la visión se reformula en el poema “duración de la noche”, donde los dos puntos se comparan con los ojos con los que atravesamos la oscuridad hacia quien queremos que escuche. El temor a la inercia no solo será el miedo por la respuesta, sino por la precariedad de las propias capacidades verbales para sobrepasar los obstáculos espaciales y temporales. La voz poética señala que no es decir mal, sino decir tarde lo que hace que se atraviese la noche con los dos ojos cerrados. La naturaleza misma se ha hecho una noche muda e invernal; y, sin embargo, se la recorre, porque luego viene la lluvia, riega todo, perfuma la tierra y todo comienza a bullir, se hace movimiento. La generación es lo que importa: “la memoria/ es carne/ (des)compuesta// pero el mañana/ del pensamiento// traerá// Un alimento/ :NUEVO:” (50).

La novedad se cierne en la respuesta que el yo se formula ante la indefinición y oscuridad de la guerra, pero también ante el resplandor del brillo inocente de un venado que deleita la mirada con su pelaje. La desesperación convive con la serenidad de esos cuatro puntos que escoltan el significado de los signos. Es la localizacion en el antes y el después como incertidumbre y posibilidad, como quien al borde de la asfixia escucha de una presencia vecina: “yo/ tengo aire/ para/ las dos” (92). Así es el morar en la cantera poética, madriguera de las palabras, donde los vocablos tantean su soledad, su falta de aire, su miedo al fracaso como el de: “un sonido/ que no/ necesitarás// un roce/ casi inaudible/ que no podrás/ reproducir/ con los oídos/ sellados/ de polvo/ de fin” (117). No obstante, esa angustia es promesa que reposa en los sonidos y su abrirse en la página se convierte en una inmolación gozosa.

 


María Auxiliadora Álvarez
Considerada una de las mayores poetas venezolanas, María Auxiliadora Álvarez, estudió artes plásticas en Colombia y obtuvo su doctorado en literaturas hispánicas, con una tesis sobre la poesía mística, en University of Illinois Urbana-Champaign. Actualmente, es profesora de literatura en Miami University. Ha sido distinguida con el Premio de Poesía del Consejo Municipal de Cali (1974), el Premio Fundarte de Poesía (Caracas, 1990), y el Internacional Award María Pia Gratton (USA, 1999). Sus numerosas publicaciones incluyen los libros Inmóvil (1996), El eterno aprendiz (2006) y Resplandor (2006), Las nadas y las noches (obra reunida, 2009), Paréntesis del estupor (2009), Piedra en :U: (2016), entre otros.

ma

 

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