La inminencia del movimiento. Impresiones sobre El próximo mundo de Mario Campaña

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Hay que volver, levantar/ Una casa atravesada, abierta, que expanda/ Sus muros con el aire/ Y en las noches voladoras/ Guardé secretas causas conmigo/ Hasta que llegue el día.                                                                                                                                    Aires de Ellicott City, Mario Campaña

En El próximo mundo (Candaya, 2011) se concierta el encuentro entre la voz y la materia, su encarnación entre el fuego y la fibra: “Un diablo de lengua hueca/ Intempestivo y furioso/ Rompe el coto/ Y libra su aromática espesura/ Seda que huele y quema como llaga/ En la garganta, cuando al fin/ Respira” (9). Así se abre la casa poética, en la que se ingresa sin garantías de amparo. La casa está a oscuras, se precisa explorarla por dentro y por fuera. Dentro quizás sería confort, pero estos versos imprimen el lúcido tránsito más allá de sus umbrales. Es una casa entre otras que se deshabitó como en el pasado. “El mundo próximo” tiene la sintaxis de lo transitorio y nos invoca a ingresar en los misterios de un derrumbe cósmico.

          El verso se hila cuidadosamente en pasajes narrativos, donde percibimos la travesía de quien sobrevive la destrucción de su mundo. Avanza como en una guerra y se repliega. El refugio temporal de la tensión son pulsaciones que alimentan la escritura. El contrapunto entre el exterior violento y el mundo interior forjan el verso: “¿Y si el apacible volver a casa/ fuera un paseo por salas/ donde tantos gallos caen asfixiados/ con la huella que una pujante espuela/ les ha dejado en el cuello: / una fuga, un viaje de evocación/ en que intentamos recoger/ jirones de piel y plumas con sangre/ de los combates de la tarde?” (34). La amenaza se extiende todo tiembla ante la inminencia de cenizas: “Miré hacia el pueblo: todo ardía./ Y una mujer en un rincón, trémula,/ escuchaba” (46). Reminiscencias a múltiples bombardeos sobre poblaciones inocentes se convocan después de leer estos versos.

         Las regiones del sueño se abren de par en par y el viaje de la voz poética transita de una sala de hospital a la preparación de una mesa para invitados que no llegan. El desplazamiento es la modulación de un estado de ánimo que se ofrece a los lectores: “Ahora vuelve a escucharme: “yo voy contigo/ A contemplar esos seres que descansan/ junto a un venerable árbol rojo, / Tronco traslúcido inflamado por un sol/ Que nunca conociste” (51). Detenerse sobre el mundo, su paso entre la permanencia y la destrucción, es un ejercicio de orientación esencial porque la memoria es engañosa y si se pone en duda el mundo entero entra en crisis: “No es que hubiéramos olvidado nada/ Y volviéramos a recuperarlo para avanzar, / sino que no podíamos organizar el pasado./ Ya nadie creía en recuerdos; nadie. / Y así todo se confundía; / Lo mismo era todo, lo mismo que nada” (56). Como un mirar sin ver, allí donde la pérdida y la rememoración se neutralizan, el movimiento es sospechoso: “¡Ay, nuestro andar estático/ Nuestro extraño avanzar inmóvil!” (56), como si nuestro barco hubiera encallado hace millones de años y aún permaneciéramos a espera de avistar nuevas tierras.

        Mientras tanto reina la muerte con su asecho constante, su amenaza se actualiza en la agonía del rebelde, que recuerda al uruguayo Liber Seregni en resistencia y a Arthur Rimbaud en la permanencia de su mito. La evocación de estas muertes no es recuperación, no se busca ordenar su paso en el pasado, sino proyectar su paso en el ahora preñado de futuro; pues “el próximo mundo” es promesa: “Porque en el próximo mundo los puentes/ Serán más largos y no unirán sólo orillas/ Sino islas que flotan en nosotros, / Y más allá de nosotros” (91). Lo mismo dejará de ser lo mismo, porque se verán la fisura y la independencia de cada ser, de cada experiencia. Detenerse, entonces en la contemplación no niega la movilidad, aguza la mirada para repensar sus términos. No es un movimiento uniforme: “Porque el próximo mundo cambiará siempre de lugar” (92).

Mario Campaña (Ecuador, 1959)

Ha publicado Aires de Ellicott City (2006), Cuadernos de Godric (Premio Nacional de Poesía de Ecuador, 1988), Días largos (1996), Días largos y otros poemas (2002) y El olvido de la poesía se paga (2002). Es autor de las biografías literarias Francisco de Quevedo, el hechizo del mundo, (Omega, 2003) y Baudelaire. Juego sin triunfos (Random House Mondadori, 2006); ha traducido Una Tumba para Anatole, de Stéphan Mallarmé y es responsable de cuatro antologías: Poesía modernista ecuatoriana (1999), Así en la tierra como en los sueños (1991), Visiones de lo real en la poesía hispanoamericana (DVD, 2001), En el sueño de Chagall faltan palabras. Antología de poetas hispanoamericanas contemporáneas (Bruguera, 2007). Colabora en revistas y suplementos literarios de Ecuador, Venezuela, México, Argentina, Estados Unidos, Francia y España. Dirige la revista de cultura latinoamericana Guaraguao.

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