Month: November 2016

Enrojecida casa de la poesía. Sobre En un mundo de abdicaciones (FCE, 2016) de Victoria Guerrero Peirano

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Los poemas que abdican despiertan en casas rojas, habitadas por gatos de la guarda y la sombra de escritores que desgajaron la miseria, se entregaron al techo inmaterial de los versos y al malditismo (Rimbaud, Ginsberg, Martín Adán). De sus domicilios destartalados llegan al hogar de paredes encendidas, donde la voz poética los alimenta y les da de beber. Ellos se hacen felinos. Todos al mismo tiempo se transforman en un gato hambriento que despierta a su dueña por la noche. Los poemas que abdican desposeen vocablos programáticamente y sin concesiones; es decir, mastican versos propios y ajenos hasta hacerlo un bolo solitario que desaparece en su boca: “El poeta y yo viajamos en un tranvía. No tenemos nada que comer. Ya nos hemos comido la poesía, los hijos, las metáforas. Los dientes no nos hacen falta, así que amanecemos desdentados. Somos pobres, no tenemos nada solo nuestros libros” (30). Se trata aquí de la miseria que acompaña la supervivencia, donde la vida y la poesía entran en una lucha cuerpo a cuerpo, porque quieren devorarse mutuamente. En medio el cuerpo (código de barras), un cuerpo escritural codificado, aguarda en una página de un libro que nadie leerá, un saldo, un resto cuya única fuerza es el tiempo. Esa energía que se acumula en los objetos antiguos dispersos en la casa roja.

         Antes, cuando el muro estaba en pie y se oía en las calles Yankees go home, una amenaza se levantaba al enrojecer el mundo levemente. Ahora el color ha perdido brillo; nadie le teme, dice la poeta. Pero el color no es una abstracción, es un signo material de la casa, que a pesar de su fragilidad todavía ocupa un lugar. La casa roja es un signo que se niega, con terquedad gatuna, a abandonar la página. Es un paradójico albergue a la intemperie, es la casa del lenguaje que guarece a la poeta a través de su alianza con ella: “Vagabundeo por la ciudad y voy de la mano de unos versos/ como si la poesía se convirtiera en una esposa mía/ En una esposa o en un marido/ Extremadamente bello pero pavoroso” (19).

          Este es un hogar singular. Los viejos roles se han demolido. Hay una mujer que escribe frenéticamente, que lee con la misma algarabía, que se pregunta una y otra vez el sentido de su tarea porque sabe y declara que su imagen aún no encaja en el abc del sentido común: “¿A quién le importa la escritura de una mujer?” (19), inquiere. Una mujer que escribe no ha dejado de remover imágenes preconcebidas del lugar de lo femenino en la producción simbólica. De esta reflexión nace un inédito retrato de familia: “En la mesa/ Nos sentamos juntas/ Les damos de comer a nuestros hijos y al gato/ De vez en cuando les doy un Padre/ Y todos juntos charlamos o nos sacamos los ojos// No hay nada mejor que estar aquí juntos/ Sobre todo cuando el Padre se va/ Vivimos a nuestro antojo/ Tirados hasta la tantas en nuestras camas” (43). Los escombros pertenecen a un mundo que se niega a matar las viejas formas, los prejuicios, y protege a toda costa las restricciones para mantener el orden. De esos escombros está hecha la casa roja y sus restos buscan ser purificados o transubstanciados a través de una escritura que termine por negar ese mundo retrógrado. Para lograrlo escribir deberá ser un arte de la pobreza; es decir, que ante todo reconocerá las condiciones de su miseria, de su marginación.

         La poeta sabe que no habrá revelación de por medio. Para abrir los ojos a la indigencia bastará con escuchar a una persona cualquiera opinar sobre su trabajo: “He regresado a Lima y estoy montada sobre una bicicleta rosa/ Alguien me dijo a la volada que la poesía había muerto/ y yo sonreí/ porque era como decir que yo también estaba muerta/ o que todo lo que me acontecía era falso” (33). Sin embargo, el espectro de la poesía no abandona a quien escribe, pues no es una presencia, es un hacerse, es una práctica que deviene de la reunión simbiótica de escritura y vida: “Hacerse dura a través del verso/ Hacer del verso una dureza/ Un clima impuro/ Una poesía que sea una excrecencia de la carne/ El recorrido de una sangre oscurecida por las tintas” (55). Es cuestión de equilibrio, de aprender a sostener el primer impulso que viene del lenguaje, pre-existente a la poeta y siempre ajeno: “Aprender a montar bicicleta/ Tener fe ciega en aquel que va detrás de ti/ Y mantienes tu equilibrio/ Y tú sigues y sigues pedaleando hasta que te das cuenta/ De que ya nadie te sostiene/ Exactamente en ese punto es cuando caes a tierra” (33). Sin embargo, asirse a la fuerza inicial no garantiza nada, he ahí la lucidez del arte de la pobreza. Los restos del primer impulso son insuficientes y aún así se erige una danza sobre sus escombros. Se asume la desposesión sin concesiones para tomar al vuelo los fragmentos y construir una nada inofensiva “casita roja hecha de letras encendidas” (58).

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La intimidad del verso. Un recorrido por Diario ínfimo de Mercedes Roffé

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Diario ínfimo (La isla de Siltolá, 2016) de Mercedes Roffé anuncia en su título la modesta escala desde donde se abren los poemas. Nos conduce a las coordenadas de su origen, hacia la intimidad con el verso, a sentir su respiración sobre nuestros oídos, y sumergirnos en la repetición de sus segmentos hasta que sea posible percibir sus latidos. Se trata de un diario de viaje poético, cuya singularidad radica en ser una invitación a recorrer la arquitectura del poema y su vida cotidiana como dos caras de una misma moneda. El poema desea narrarse, pero esta intención no lo condiciona a querer hacerse prosa, sino que el intimismo, el recoveco reflexivo del verso, sabe que “no hay frontera/ no hay/ término que separe/ reflexión y emoción/ discernimiento y videncia” (96). Los recursos lingüísticos, sonoros y visuales; y las evocaciones plásticas e intertextuales se suman en un Big Bang que promete una autopsia de la travesía poética.

El poema ingresa en sí mismo línea a línea. Se busca en los ritmos de las palabras, porque en la materialidad de los vocablos reconoce como en un sueño un saber íntimo que se le niega en la vida diurna. Para escribir este recuento es necesario: “dejar que las palabras hagan su obra” (31). El poema sueña sus experiencias como una canción irredenta para sí mismo, solo en los signos de la página se solidifica esta pura vibración nocturna: “¿no viste/ cómo deviene la noche/ el final de la frase/ hilada en vigilia?” (97). El tejido no es tarea fácil, porque entre punto y punto hay un espacio. La voz poética se detiene, lo reconoce: “primero hay solo/ un espacio vacío/ un contorno” (64). Ese intervalo es potencia, como la pesadilla que nos asegura que al despertar tengamos certeza de haber soñado, y que al narrarla cubrimos la brecha entre la noche y el día. Así el decir poético enfrenta el vacío  “será la mano la que funde/ la nueva realidad/-trazo, color/ sombra/ contenido-” (64).

La mano se hace cargo, se eleva con destreza pero antes del trazo debe abrirse la visión: “no hay mirar allí/ hay un quebrarse//hay ver// con los ojos del alma/ con los del viento// la música va dictando lo/ que (no) se ve” (40). En estos términos el poema se declara multi-sensorial, la melodía es un susurro guía como si se tratara de un lazarillo mágico que abrirá los ojos de quien escribe. Esta música no es propia, viene de afuera o de un lugar tan profundo que parece estar en los extramuros y motiva al poema a que se retrotraiga en el tiempo: “antiguo/ lo bastante/ para no remontarse/ a ningún origen/ más allá/ del propio aullido” (54). La retrospección es necesaria allí donde se inscriba la vida interior. No es empresa sencilla, pues nada es tan complejo como hacer memoria. Parece que la tarea es intervenida a cada paso, falseada muchas veces por deseos propios o ajenos. La memoria del poema sabe que se sitúa a contracorriente. No es una queja, pues esa oposición es la condición que la hace posible. Por ello el inicio del Diario ínfimo habla de un no primordial: “desde una escena sin fondo/ hoy alguien dijo pero/ y todo se detuvo” (11). De la negación surge el poema: “dicen/ que pero en checo es pluma/ y pluma// y pluma/ en serbo croata/ y pluma, / autor y escriba” (12). Se trata de un recuento de la voluntad de escritura, pues si la memoria cae en pedazos el intento de asirla es imperante.

La vida íntima del poema es una arquitectura que no carece de laberintos. Se abre como un espacio seductor que incita al extravío “volutas de hierro negro/ caballos como pegasos – rubios, gráciles-/ un puente a la distancia/ una arboleda/ vagones y vagones estancados, / cubiertos de graffiti/ vías abandonadas” (66). El poema expone tanto las columnas más altas de su biología, como sus ángulos inferiores. Este diario es “ínfimo” porque nos habla de un infinito en su mero cabo, de una prometedora cornisa, de un extremo que como una yema desencadena un ramaje sin término. Por eso el descenso a las presencias materiales del interior: “ZA ZA ZA ZA ZA ZA UMMMM/ za za za z aza ummmm// grita/ balbucea/ la mistérica/ glándula/ pineal” (78).  Atravesamos el hecho fónico para ingresar en la cavidad del genio: “celestial/ un poco estrábico un poco/ hermano/ de aquel sonriente pólipo/ de Redón/ que mira absorto/ siempre/ al infinito/ y aun sonriendo un poco/ siempre/ un poco/ como la muerte” (79).

El pálpito del poema es una pregunta sobre la vida y su transcurrir. En el fondo esa disección del mundo interior del verso es una pregunta por la experiencia, por el simulacro de ordenamiento que es una pugna de signos. La voz poética inquiere: “memoria y percepción/ ¿no son coetáneos?// si la mente es perpetuo movimiento/ y el ayer y el hoy se buscan/ en una danza que es, a un tiempo,/ repetición y réplica y/ contrapunto// ¿no es así que llamamos pasado/ a ciertas escenas -postales-/ más inmediatas aún- como instantáneas-/ momentos de hoy y antaño/ dándose sentido mutuo/ confluyendo/ en ese diario de viaje/ que es la vida?” (84). En ese sentido se nos entrega un diario de viaje en verso, que es un encuentro de tiempos en la página, una genealogía en acción que canta preñada de matices.

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Gociterra- Lecturas móviles (Marta López Luaces)

Gociterra emprende la búsqueda de testimonios creativos y pretende ser vehículo de viajes de la palabra poética. Su propósito es extender lazos y plantear la posibilidad de la escucha y el intercambio literario. Esta es una muestra en curso configurada por voces de la poesía hispanoamericana contemporánea.

Marta López Luaces nos lee los poemas “Reminiscencias de ecos”, “Tempestades” y  “POEMA COMO TRANSLENGUAJE/ A TRANS-L=A=N=G=U=A=G=E POEM“.

Reminiscencias de ecos

                         But internal difference                 

                               where the Meanings are

                                  Emily Dickinson

                         Diredes de estes versos i é
                        verdade que tén estrana
                               insólita armonía

                                 Rosalía de Castro

En el follaje de las palabras

Emily y Rosalía hablan

en mí.

Espacios de cielos nocturnos

alimentan el ámbito

de la diferencia.

-Deseé que el cielo brotara

de las tormentas silenciosas

de Amherst

y que el Tiempo

atrapara

mi mirada en ti.

Blancura.

-De mí

vaguedades do orballo[1],

corrupción del alba

deseos trocados

en voz

al otro lado

do Branco.

Se confrontan las dos orillas de mi horizonte.

-De la que las voces

desafió

paisajes previstos

por las miradas

del western mistery[2]

nocturnos

ámbitos interiores

ecos

son laberintos

de mi tradición.

-De mi bretema

chegan[3]

desde los eternos bosques

cantos

de extraños

insólitos

pájaros

[1] La imprecisión del rocío.

[2] Misterio de Occidente. Verso de Emily Dickinson.

[3] Niebla/ llegan

 

Tempestades

                                                                              Who let the light into the dark? began the 

                                                                                            many movements of the passion

                                                                                                                        Robert Duncan

Venían de nosotros,

del viento y su ulular.

 

En la crsta dela brisa

la tormenta

asedió

la firma de las cosas

convocó el temor a lo Bello

traición de lo diáfano.

 

Venía de nosotros

y violó el orden

de la Eternidad.

 

En la cresta de la Tormenta

el gris.

 

POEMA COMO TRANSLENGUAJE

A TRANS-L=A=N=G=U=A=G=E POEM

Taking cabs in the middle of the night

driving as of to save your soul where the

road goes round and round the park and

the meter glares like a moral owl

Elizabeth Bishop

¿Vienes?

Are you coming?

Apúrate, llega

Hurry up, come

sube por el Hudson

go up the Hudson

cruza la ciudad por el Central Park

cross to the other side of the city, by Central Park

y llama

and call me.

 

¿Vienes?

Are you coming?

En el East River

un barco nos llevará

a ship will take us

alrededor de la isla,

around the island

una y otra vez,

once again

para que veas

so you can see

asomarse entre las Torres Gemelas

appear, through the Twin Towers,

el vacío que nos engendra.

the emptiness the begets us.

 

¿Vienes?

Are you coming?

Brooklyn still awaits

ser descubierta

to be discovered

desea ser Manhattan y su puente cuelga

it wishes to be Manhattan and its bridge hangs

como una pérdida.

hopeless.

De envidia no quiere ver

Its envy doesn’t let it see

la isla que la niega.

the island that denies it.

 

¿Vienes?

Are you coming?

Aún te espero

Iam still waiting

y veo por la ventana

and I see through the window

la neblina de otra ciudad

the mist of another city

que me marca

the leaves its mark on me

Llega, apura, salgamos

Come, hurry up, let’s go

protegidas por el anonimato

protected by the anonymity.

La noche nos fuerza

the night compels us

a enmascararnos.

to disguise us.

 

¿Vienes?

Are you coming?

El metro pasa por el Bronx

The subway goes through the Bronk

sus ojos sin pestañas

its eyes without eyelash

te persiguen desde la ventana.

haunt you from the window.

 

¿Vienes?

Are you coming?

¿O prefieres llegar por la mañana

Or you rather come in the morning

cuando la ciudad muera

when the city dies

sin haber cumplido su promesa

before meeting its promise?

***

Marta López-Luaces (La Coruña, España 1964)

Enseña literatura española y latinoamericana en Montclair SU.   Es autora de Los arquitectos de lo imaginario, Las lenguas del viajero (Madrid: Huerga & Fierro, 2005), Distancia y destierros (1998),  y  la plaqueta Memorias de un vacío (New York: Pen Press, 2002), el libro de relatos La Virgen de la Noche (Madrid: Sial, 2009) y acaba de publicar una novela Los traductores del viento (Vaso roto, 2016). Como crítica ha publicado Ese extraño territorio: La representación de la infancia en tres escritoras latinoamericanas (Santiago de Chile, 2002) que luego traducido al inglés se publicó por Juan de la Cuesta Monographic Review (Delaware: 20005) y La poesía y sus máscara  publicado por la universidad de San Marcos en Lima en 2008.

 

 

Armonía en la cantera. El decir poético en Piedra en :U: de María Auxiliadora Álvarez

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El enigmático título, Piedra en :U: (Candaya, 2016) del poemario de María Auxiliadora Álvarez alude a la materia en formación, su agazaparse en una cóncava morada. La filosofía del lenguaje se ha extraviado innumerables veces hablando de las palabras, la gramática, lo inefable y poco se ha dicho de la boca. Lugar algo evidente y, por lo mismo, no del todo comprensible o explicable. En estos poemas se evoca sus interiores, como el lugar misterioso donde las palabras nacen de golpe y escinden el mutismo: “la lengua/ se multiplica/ contra el peso que la sostiene// tensando/ la herida/ de renacer// latigando/ comisuras/ resecas// y aquietándose/ bajo su cielo/ de paladar// como si/ hubiera/ hora/ para/ el silencio” (21).  El lugar de la articulación es tumba y cuna tibia de las palabras que aguardan  como el primordial alimento del hablante.

La materia ígnea del verso o su pre- historia, antes de hacerse poema, espera en agitación y gimnasia continua; y su entrenamiento es la negación; es decir, una forma de ir contra sí misma. Entonces la palabra comparece ante sí y deviene una entidad extraña ante sus propios ojos: “y entretanto/ entrando/ y estrenando/ y entrenándonos/ en el contrapeso/ del :no:// único/ dintel/ de sostenimiento” (27). Ese equilibrio preciso entre el pasado y el futuro de la palabra estrecha lazos con los misteriosos puntos que la poeta pone en relieve:   :U:  Este signo puede señalar la genealogía y el desencadenante en una sola ocurrencia fónica, como si se trazara la estela que hace posible la letra, su vibración en la garganta y su escucha. Todo ese proceso que los usuarios de la lengua olvidamos.

Esa omisión del origen de la palabra tiene la naturaleza de la ceguera deliberadamente inducida por el miedo: “ojos/ que vimos// (no podríamos/ haber/ sobrevivido/ a lo inanimado)// sufrir que vimos// y reír” (33). La inercia es fuente de temor y desconfianza, lo inerte no responde y no se sabe qué expectativas guardar frente a su materia. Sin embargo, palabra y visión persisten:

Todo fue

:armado:

por la esperanza

 

(el viaje

era

hacia

el tú)  (33)

 

Lo inanimado, entonces, encarna la frustrada llegada al interlocutor. Su sola presencia evoca la brecha que los dos puntos pretenden franquear. La orilla de lo desconocido es el suelo que pisa el vocablo antes del salto fuera de la cantera. La interpelación del tú es tan poderosa como para agitar sus músculos. Se sobrepone de sus miedos y al saltar depone el pasado graficado en los dos puntos antecedentes y se inclina a los desencadenantes de su acción, su futuro:

La noche

se impone:

 

advertencia

del vacío

exento

de luz

 

Contra ella

el pensamiento

no se puede

sustentar (35)

 

El paralelo entre los dos puntos como escoltas de la palabra en devenir y la visión se reformula en el poema “duración de la noche”, donde los dos puntos se comparan con los ojos con los que atravesamos la oscuridad hacia quien queremos que escuche. El temor a la inercia no solo será el miedo por la respuesta, sino por la precariedad de las propias capacidades verbales para sobrepasar los obstáculos espaciales y temporales. La voz poética señala que no es decir mal, sino decir tarde lo que hace que se atraviese la noche con los dos ojos cerrados. La naturaleza misma se ha hecho una noche muda e invernal; y, sin embargo, se la recorre, porque luego viene la lluvia, riega todo, perfuma la tierra y todo comienza a bullir, se hace movimiento. La generación es lo que importa: “la memoria/ es carne/ (des)compuesta// pero el mañana/ del pensamiento// traerá// Un alimento/ :NUEVO:” (50).

La novedad se cierne en la respuesta que el yo se formula ante la indefinición y oscuridad de la guerra, pero también ante el resplandor del brillo inocente de un venado que deleita la mirada con su pelaje. La desesperación convive con la serenidad de esos cuatro puntos que escoltan el significado de los signos. Es la localizacion en el antes y el después como incertidumbre y posibilidad, como quien al borde de la asfixia escucha de una presencia vecina: “yo/ tengo aire/ para/ las dos” (92). Así es el morar en la cantera poética, madriguera de las palabras, donde los vocablos tantean su soledad, su falta de aire, su miedo al fracaso como el de: “un sonido/ que no/ necesitarás// un roce/ casi inaudible/ que no podrás/ reproducir/ con los oídos/ sellados/ de polvo/ de fin” (117). No obstante, esa angustia es promesa que reposa en los sonidos y su abrirse en la página se convierte en una inmolación gozosa.

 


María Auxiliadora Álvarez
Considerada una de las mayores poetas venezolanas, María Auxiliadora Álvarez, estudió artes plásticas en Colombia y obtuvo su doctorado en literaturas hispánicas, con una tesis sobre la poesía mística, en University of Illinois Urbana-Champaign. Actualmente, es profesora de literatura en Miami University. Ha sido distinguida con el Premio de Poesía del Consejo Municipal de Cali (1974), el Premio Fundarte de Poesía (Caracas, 1990), y el Internacional Award María Pia Gratton (USA, 1999). Sus numerosas publicaciones incluyen los libros Inmóvil (1996), El eterno aprendiz (2006) y Resplandor (2006), Las nadas y las noches (obra reunida, 2009), Paréntesis del estupor (2009), Piedra en :U: (2016), entre otros.

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La inminencia del movimiento. Impresiones sobre El próximo mundo de Mario Campaña

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Hay que volver, levantar/ Una casa atravesada, abierta, que expanda/ Sus muros con el aire/ Y en las noches voladoras/ Guardé secretas causas conmigo/ Hasta que llegue el día.                                                                                                                                    Aires de Ellicott City, Mario Campaña

En El próximo mundo (Candaya, 2011) se concierta el encuentro entre la voz y la materia, su encarnación entre el fuego y la fibra: “Un diablo de lengua hueca/ Intempestivo y furioso/ Rompe el coto/ Y libra su aromática espesura/ Seda que huele y quema como llaga/ En la garganta, cuando al fin/ Respira” (9). Así se abre la casa poética, en la que se ingresa sin garantías de amparo. La casa está a oscuras, se precisa explorarla por dentro y por fuera. Dentro quizás sería confort, pero estos versos imprimen el lúcido tránsito más allá de sus umbrales. Es una casa entre otras que se deshabitó como en el pasado. “El mundo próximo” tiene la sintaxis de lo transitorio y nos invoca a ingresar en los misterios de un derrumbe cósmico.

          El verso se hila cuidadosamente en pasajes narrativos, donde percibimos la travesía de quien sobrevive la destrucción de su mundo. Avanza como en una guerra y se repliega. El refugio temporal de la tensión son pulsaciones que alimentan la escritura. El contrapunto entre el exterior violento y el mundo interior forjan el verso: “¿Y si el apacible volver a casa/ fuera un paseo por salas/ donde tantos gallos caen asfixiados/ con la huella que una pujante espuela/ les ha dejado en el cuello: / una fuga, un viaje de evocación/ en que intentamos recoger/ jirones de piel y plumas con sangre/ de los combates de la tarde?” (34). La amenaza se extiende todo tiembla ante la inminencia de cenizas: “Miré hacia el pueblo: todo ardía./ Y una mujer en un rincón, trémula,/ escuchaba” (46). Reminiscencias a múltiples bombardeos sobre poblaciones inocentes se convocan después de leer estos versos.

         Las regiones del sueño se abren de par en par y el viaje de la voz poética transita de una sala de hospital a la preparación de una mesa para invitados que no llegan. El desplazamiento es la modulación de un estado de ánimo que se ofrece a los lectores: “Ahora vuelve a escucharme: “yo voy contigo/ A contemplar esos seres que descansan/ junto a un venerable árbol rojo, / Tronco traslúcido inflamado por un sol/ Que nunca conociste” (51). Detenerse sobre el mundo, su paso entre la permanencia y la destrucción, es un ejercicio de orientación esencial porque la memoria es engañosa y si se pone en duda el mundo entero entra en crisis: “No es que hubiéramos olvidado nada/ Y volviéramos a recuperarlo para avanzar, / sino que no podíamos organizar el pasado./ Ya nadie creía en recuerdos; nadie. / Y así todo se confundía; / Lo mismo era todo, lo mismo que nada” (56). Como un mirar sin ver, allí donde la pérdida y la rememoración se neutralizan, el movimiento es sospechoso: “¡Ay, nuestro andar estático/ Nuestro extraño avanzar inmóvil!” (56), como si nuestro barco hubiera encallado hace millones de años y aún permaneciéramos a espera de avistar nuevas tierras.

        Mientras tanto reina la muerte con su asecho constante, su amenaza se actualiza en la agonía del rebelde, que recuerda al uruguayo Liber Seregni en resistencia y a Arthur Rimbaud en la permanencia de su mito. La evocación de estas muertes no es recuperación, no se busca ordenar su paso en el pasado, sino proyectar su paso en el ahora preñado de futuro; pues “el próximo mundo” es promesa: “Porque en el próximo mundo los puentes/ Serán más largos y no unirán sólo orillas/ Sino islas que flotan en nosotros, / Y más allá de nosotros” (91). Lo mismo dejará de ser lo mismo, porque se verán la fisura y la independencia de cada ser, de cada experiencia. Detenerse, entonces en la contemplación no niega la movilidad, aguza la mirada para repensar sus términos. No es un movimiento uniforme: “Porque el próximo mundo cambiará siempre de lugar” (92).

Mario Campaña (Ecuador, 1959)

Ha publicado Aires de Ellicott City (2006), Cuadernos de Godric (Premio Nacional de Poesía de Ecuador, 1988), Días largos (1996), Días largos y otros poemas (2002) y El olvido de la poesía se paga (2002). Es autor de las biografías literarias Francisco de Quevedo, el hechizo del mundo, (Omega, 2003) y Baudelaire. Juego sin triunfos (Random House Mondadori, 2006); ha traducido Una Tumba para Anatole, de Stéphan Mallarmé y es responsable de cuatro antologías: Poesía modernista ecuatoriana (1999), Así en la tierra como en los sueños (1991), Visiones de lo real en la poesía hispanoamericana (DVD, 2001), En el sueño de Chagall faltan palabras. Antología de poetas hispanoamericanas contemporáneas (Bruguera, 2007). Colabora en revistas y suplementos literarios de Ecuador, Venezuela, México, Argentina, Estados Unidos, Francia y España. Dirige la revista de cultura latinoamericana Guaraguao.