Exhumaciones poéticas. Un recorrido por Pintura roja de Willy Gómez

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Ingresar en Pintura roja (Paracaídas, 2016) es entrar en un paisaje en esquirlas: una acumulación de escombros colmados de temporalidad. En cada fragmento encontramos imágenes históricas en procesos de figuración y desfiguración: “Aquí no hay nada que defina un horizonte. /Solo un desclasamiento en sus fines” (5). El guía de nuestro recorrido atraviesa cielos oníricos e imaginativos y a su paso cosecha versos rojos que susurran que la historia está preñada de violencia. Desde una geografía en pedazos se abre para los lectores la posibilidad de: “Una geometría de alumbrados o decorativa/ más púrpura/ el valle y la posibilidad de partida” (7). El poemario reconoce que lo artístico se separa conscientemente de lo puramente decorativo u ornamental. Existen movimientos que se desprenden del objeto artístico que impiden una impavidez de mirada del espectador: “La aprehensión de los elementos creativos/ ensamblados por las manos del artista// reclama a sus contemporáneos/ campos para el trashumante// esa es la palabra que creemos escuchar de algunos críticos/ cuando saben que el dolor entra a la pintura” (8). La materialización artística de las emociones configura un efecto perturbador inevitable.

Hace tiempo que la historicidad de la poesía ha dejado de estar en entredicho. En el lenguaje, la especificidad de los discursos suelen dejar su patria, de ello depende su vitalidad interpeladora. La historia a veces se hace literaria y la literatura se hace histórica. Los momentos de transición entre uno y otro extremo dejan una estela híbrida donde localizamos Pintura roja. Este libro es un aparato memorioso, cuyo diseño atraviesa el mundo interior para señalar los mojones violentos que lo constituyen. Por ello se  disponen imágenes diseminadas de la colonización del territorio americano: “nosotros arribamos es costumbre de colonia arribar dejar sentado”(29),“nada de pactos cada quien/ invierte/ o se convierte” (31), “hay ritmo en la construcción de iglesias/ arte cúpula y/ un amor de invasiones” (33),“hay dolor de caza en el ángulo adyacente/ intento de copiar un resto medieval/ aunque sin colonia los movimientos contienen el relato falaz/ de exportar o ser bañado por la religión” (41).

El momento de la ocupación, sea simbólicamente el asentamiento del ser humano en la naturaleza o la ocupación europea en tierras amerindias, es un tiempo que fragmenta la experiencia y su percepción: “hombres en las orillas de qué// internos en sus desagravios/ sin palabras// fundan su caleidoscopio/ un territorio espejado de la contaminación/ o idea de hierba humedecida/ desprendiéndose como una rotura de firmamento” (21).  Si la violencia desgarra la vivencia, el poema que la nombra se atomiza también: “rompo el texto o cualquier campo por imaginar/ paisajes gramaticales/ llenos de lágrimas si son criaturas/ entremezcladas en un toque de sirenas/ abierto el cuerpo con la camisa junta/ el color cubre partes que se han ido/ representa la primera constelada del lugar si rompe su silencio” (60). Así, los versos ven en la ruptura su futuro, porque del desgarramiento surge la imaginación y matices potenciales; es decir, la representación media no solo la re construcción del sentido de la experiencia traumática, sino la construcción de una posición ética- estética que tiene en cuenta el futuro, pues vuelve obsesivamente a hechos pasados ante la amenaza del olvido: “pero crucemos este otro tiempo de ejercicio y olvido/ de vida concreta que recubre el castigo indomable// lanzas trapos negros cuchillos/ experimentos de torcimiento de imagen/ del pasado y su acción política/ de tres en un acercamiento desde la esquina/ de tres vistiendo una jaula de palabras” (76).

En el poemario se focaliza el acto de “vestir de palabras” o “pintar textualmente”. Como Velázquez que en las Meninas  inscribe en el cuadro el acto pictórico mismo, en Pintura roja se deja evidencia de la proyección hacia el pasado desde un eje histórico temporal determinado. Sobre todo por la urgencia de motivo que se plasma: “toda explosión precisa de una exhumación flagrante” (82). El poeta sabe que los escombros llevan a una inspección e interpretación, aunque no se trate de aserciones definitivas: “el episodio artístico como materia de intervención/ a intervención/ es lo único que queda del cuadro que veo/ un mar adentro/ faldas de cerros/ lo nuestro es así// un desierto hablado” (83). Ese hablar es el lienzo y su afuera en relación simbiótica: “la teoría arcaica del trazo reviste un color de ritmos y curvas aunque hablen esas siluetas metálicas de otro mar de las manos al fondo/ torcido/ variable en la siguiente curva/ del dibujo” (85). Así, la versatilidad de la inscripción poética en el libro se debe a su empeño por bordear el límite entre el pincel y su evocación; es decir llevar a cabo una interacción que implica una vocación histórica esencial: “adhesión al misterio de líneas y del lenguaje de voluntad/ casi primera antes de la dar forma a la historia” (96).

Willy Gómez Migliaro: (Lima-Perú, 1968) Poeta y profesor de literatura. Autor de Construcción civil (2013), Nuevas Batallas (2013), Moridor (2010), entre otros títulos. Ha sido reconocido con el Premio hispanoamericano de poesía Festival de la Lira 2015. Ha dirigido las revistas de poesía Polvo enamorado (1990-1992) y Tokapus (1993-1996).

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