Poética después de la explosión. Sobre Cráter, Danza de Olga Muñoz Carrasco

crater

Difícil salir ilesos de la lectura de Cráter, Danza (Calambur, 2016) de Olga Muñoz Carrasco. Ante la geografía devastada, los cuerpos se transforman como si emularan las abruptas transformaciones naturales, se hacen devenir o una masa en expansión que sale de sí misma para hacerse poema. Ellos habitan un mundo herido: “El mundo suelto en calma/ una extensión sin confines que otear/ una llanura que se desmorona/ forma crestas nítidas/ el cráter” (11). Este territorio no espera con los brazos abiertos, sino con una hostilidad declarada. El núcleo incandescente aguarda como si durmiera un hambre en él y a pesar de ello la voz poética atraviesa sus misterios sin temores. Acaso porque en el magnetismo del terreno se presiente el un espacio primordial de transformación: “debajo de la tiesa sábana/ la masa blancuzca habla del origen/ nadie se atreve a ignorarla/ canta la desaparición de la ligereza/ el principio  el final/ de tanta linfa desorientada” (17).

Este cráter está habitado por entidades femeninas que  a veces cantan, se transforman, padecen o viven la locura, etc. Se trata de testigos de una perforación cósmica que ha dejado huella no sólo en el territorio, sino también el tiempo, que ve a sus minutos escindidos unos de otros. Después del impacto, una nueva forma de mirar tiene lugar en los poemas: “los estratos construyen la visión/ al otro lado de esta raya nada pesa/ ni si quiera un cuerpo apuntalado al suelo” (21). La huella en el terreno no es sino un volcán invertido al cual las devotas criaturas deben acudir ritualmente: “los peregrinos atraviesan el pórtico engañados en sus oraciones/ exhibiendo amuletos” (23). Sin embargo, no hay nada mágico que allí las espere, solo el sacrificio y las telas listas para confeccionar los fardos funerarios. Desde allí la mirada meta-literaria surge con destreza. La visión poética nos da un plano más amplio y podemos contemplar el acto de escritura que se detiene: “desde arriba llega lo invisible/ se estrella contra el territorio acotado/ contra la parcela que arrasar/ la mudez de la pantalla/ tan vacía de presagios/ muestra un espacio donde temer/ luego se apaga/ nada ha pasado” (30). Luego se retoma el acercamiento, como un zoom sobre el cuerpo del poema que aprende a respirar, a emitir “palabras sin núcleo” (33) y a vigilar con sus vísceras. Se trata de un periplo de encarnación y cicatrización del territorio como preparación para la danza.

La explosión condiciona el silencio, la música y el baile. Una niña se eleva con  precisión afilada, en ella la música crece debajo de su carne y lucha con el lenguaje que asecha al cuerpo que se huye: “si no entrego la inicial/ que viene torturándome/ en sueños/ si no la articulo/ pasan las noches/ ese cuerpo fluctúa/ me hace señas/ niega” (47). Este cráter dispuesto para la danza es una onírica pista de baile  que se pregunta por las posibilidades de compartir el movimiento: “estirarse hacia el otro/ apenas rozarlo/ sombra inventada/ real/ qué importa” (55). El libro puede concebirse como una prolongación kinestésica que se unge únicamente en la certeza de poder ser otro/a y alcanzar su más allá. Su propósito no solo es afianzar la sobrevivencia tras la explosión, sino anunciar la danza de lo vivo como la inmunidad frente al miedo.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s