Travesías tribales: Sobre Imaginaciones del viaje de Julio Ortega

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¿En qué embarcación?, ¿desde dónde exactamente zarpamos?, ¿cuál es el lenguaje de nuestro desplazamiento? son algunas preguntas que recorren Imaginaciones de viaje (Sed de Belleza, 2015) de Julio Ortega. Este tipo de interrogantes no pueden responderse en ausencia de dragones y luchas cuerpo a cuerpo contra ellos . Quizás porque estas criaturas llevaban en sus alas secretos de aires lejanos y en su fuego interior albergan el paso potencial de un estado a otro de la naturaleza de las cosas. No es extraño por eso que el primer cuento, “Otra lucha con el dragón” inserte en el libro el motivo de las permutaciones. La sustitución aparece como la lógica de la escritura; es decir, como “origen de la letra misma” (8).

La amenaza del reemplazo que la inscripción simbólica acarrea es inevitablemente temporal, pero no borra, sino tacha. Detrás de esa cortina de la tachadura respira el sobreviviente del tiempo anterior. En el cuento “El loco del país” la relación con el pasado remite a una vivencia devastadora de la Guerra Civil Española que es materia posible de transmisión, pero cuyo registro se cuestiona: “Debemos borrar nuestras vidas para que sean intactas. Escribirlas sería procesarlas, envolverlas en papel regalo, darles una vitrina entre las novedades del día, esa basura” (20). Por ello, solo desde la locura se le puede ocurrir a alguien recopilar meticulosamente un testimonio ajeno; pues no solo se corre el riesgo de una expropiación y distorsión de la experiencia, sino también se trata de la persecución imposible de la propia memoria. Esta huye casi como si fuera la mano de una amada que desaparece, mientras conversamos con otro yo que nos increpa sus posesiones y a quien desconocemos.

Estos relatos proponen una trayectoria circular en el viaje que anula la categoría de tiempo y piensa a un sujeto libre en el espacio. En “Las imaginaciones de viaje” se fantasea con una errancia no solo permitida, sino financiada por los propios estados, pero cuyo itinerario no estaría determinado por ellos. Sería un pasar garantizado fuera de los circuitos turísticos. Quizás porque no hay atractivos que visitar más allá de uno mismo, que se escinde en nuevas versiones y se reconstruye a partir de la resonancia del tránsito propio con el ajeno. Estas ideas vertidas ficcionalmente en la primera parte del libro se desplazan hacia su segunda parte, que es  una región reflexiva y autobiográfica, no menos nómade que la anterior. Así, aparece nuevamente la imagen del sujeto que se multiplica en la experiencia compartida de la migración. Se trata de reencuentros inesperados que revelan un sentido singular de comunidad: “iba a cruzar una calle cuando en el momento mismo de empezar a dejar la vereda vi que una muchedumbre me acompañaba: la extraordinaria determinación de esa gente que cruzaba me asombró, creí que mi tribu me recuperaba y al llegar a la otra orilla el mundo sería otro” (74).  Cada viajero encontrará el llamado de su grupo tribal en la parada menos pensada y sentirá su fuerza.

En “Teoría de viaje” la incapacidad de remitirse a uno mismo niega el principio lógico de identidad como el sustrato de la experiencia: “hemos nacido dentro de un viaje, no dentro de unas fronteras” (72). Sin embargo, ¿quién puede negar que se nace en un tiempo y espacio determinado? Ortega señala que esas coordenadas no serán sino “un acceso a la naturaleza desapacible del viaje que nos toca continuar” (72). Llegamos in medias res a un movimiento mayor en el que nos insertamos desde una mirada influenciada por las circunstancias de nuestro nacimiento, pero ese punto de referencia navegará caudales desconocidos que se abren indefinidamente.

Todos los músculos reman, también los lingüísticos, pero su lenguaje no es el de la metáfora, ya que esta presupone una lectura y el viaje nos confronta con lo ilegible de una experiencia abierta. Se trata de una búsqueda trashumante sin término desde un yo en tránsito: “no estamos de paso, estamos en una ciudad final; porque en cada ciudad el mundo termina para dar la vuelta sobre sí mismo y buscarse de nuevo en el abismo de otra ciudad” (73). Esa búsqueda es la misma que hacemos al escarbar un texto, pues vamos con impulso arqueológico en busca de huesos ajenos, solo para encontrar los nuestros aún calientes.  En “El arte de la lectura” la exhumación es el acto de reescribir. No se entienda por ello sustitución, sino ampliación. Un ingreso en lo que anima crucialmente el texto para desplazarlo sin negarlo, en función de comprender lo que movió al autor. Este sería el modus operandi no solo de la lectura, sino de la traducción que rehace y prosigue los textos (57).  Así como el viajante se extraña de sí mismo en cada viaje para retornar a sí en una trayectoria de exploración infinita, así la lectura como viaje es capaz de ser otra y la misma en su nutritivo movimiento. No solo hay una tribu de viajeros cuya energía percibimos y que nos adopta temporalmente en su andar, sino grupos tribales de lectores y lecturas que se reconocen más allá de tiempo y espacio.

 

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