Observatorio narrativo. Sobre La caza espiritual de Miluska Benavides

caza

El ritmo de la cacería se abre paso en una doble visión: la que nos acerca al fuero interno de personajes retratados en su día a día y la que nos aproxima a constelaciones sociales, su interdependencia afectiva y su fragmentación. Muy temprano la postura narrativa se anuncia a través de un personaje del cuento “Los cuerpos celestes”: “Poco o nada sé, entre otras cosas que nunca podré descifrar, de los traslados de los objetos del universo, sean objetos celestes u objetos palpitantes como nosotros” (16). La interpretación de la realidad a través del acto narrativo se plantea sobre la base de esa incertidumbre, como si se operara con astros inconmensurables cuyos lazos traza la imaginación a sabiendas de su fragilidad.

Esas líneas invisibles enlazan piezas heterogéneas en campos magnéticos que establecen resonancias; por ejemplo, entre la misión de observar un cometa, un científico travestido, la formación de colectividades jóvenes y conversaciones astronómicas de científicos del siglo XVII. Este pasaje recuerda los intercambios entre el matemático peruano, Francisco Ruiz Lozano, con el jesuita italiano Nicolò Mascardi, quien elaboró reportes sobre sus avistamientos de cometas en 1652 y 1664. Macardi le habría dicho a Ruiz Lozano: “cuando los cuerpos celestes pululan allá afuera son presencias divinas; allá afuera siguen encontrándose en estado puro, el mundo de adentro está pervertido, y aconsejo que se preocupe más por los que le rodean, neófitos recién llegados a la fe” (17).  Salvando las distancias temporales, ese mundo despojado de condiciones ideales es el panorama que los relatos recorren, sobre todo su fe, sus modulaciones o su ausencia.

No extraña, entonces, que en “Los animales domésticos” un anciano se aferre a la sombra de un molle con la convicción de su protección, que quienes lo rodean no comprenden. Esta planta ha crecido espontáneamente y sus raíces al aire señalan la fragilidad de las certidumbres humanas. El atropello a las creencias privadas se reviste de una presencia amenazante, quizás la de un animal, cuya aparición coincide con la destrucción del árbol por causas desconocidas. Si bien la creencia individual es desaprobada por el sentido común, no tiene más solidez que la creencia respaldada y hasta materializada públicamente con dimensiones monumentales. En el relato “El panteón de los próceres” la perspectiva infantil ilumina esta observación. Un niño que participa de una excursión interroga a un guía sobre el lugar donde se sitúan esos “íconos” de orgullo nacional del cual tanto había leído; sin embargo, la emoción se diluye cuando le hablan de “tumbas referenciales”, cuya localización real se encuentra en otro cementerio. Rápidamente nos preguntamos: ¿cómo fijar el heroísmo? ¿dónde situar el desgarro que late bajo la palabra nación? El entrampamiento se resume en no poder indicar la tumba de Túpac Amaru II, en saberlo desmembrado y desaparecido. Ante la respuesta imposible que el niño busca, las creencias colectivas, cuya facticidad era supuestamente inamovible, se quiebran.  La suerte de esos héroes fundacionales no es distinta de la de los héroes contemporáneos, aquellos que mueren en el servicio militar y cuyos nombres y cuerpos se revisten de anonimato histórico.

No serán hitos materiales y públicos los que den sustento a los personajes, sino sutiles descubrimientos subjetivos. El narrador en el cuento “Las soledades” señala respecto a una canción de Bob Dylan: “Llega a la canción siete, que cuenta la historia de una autopista que es un punto de fuga, donde Abraham se rebela a Dios, quien ha pedido la muerte de su hijo. Ante esta negativa, Dios responde: ‘la próxima vez que me veas, mejor huye’. Y a pesar de que esta canción es sobre otra cosa –no sabe incluso si una canción puede ser sobre algo-, esos primeros versos le iluminaron con la certeza de que, a pesar de tener la impresión de las diversas experiencias, uno siempre es presa de los mismos ciclos” (91). Se trata de las espirales familiares que pueden convertir las interacciones con los parientes en pesados movimientos en una arena movediza. Padres e hijos comparecen en medio del afecto y el rechazo para hilvanar lazos rotos, sin garantías de reestablecer algún tipo ideal de cohesión. Así, la familia, ícono de la formación de un sentido de comunidad se muestra en crisis.

Esa desarticulación de parentesco se asienta en los andamios resquebrajados de una sociedad que hace del accidente un producto perverso de una fatal sincronía. En el cuento “Las ceremonias”, una mujer pierde a su familia por coincidencias que son más bien un encadenamiento de causalidades precisas para la tragedia: “Un hombre que se quedó dormido en un cruce de avenidas. Un bus que los hizo impactar contra otro bus. Frenos y embrague en pésimas condiciones. Un bus que cambió de dueño por la quiebra de una empresa. Una noche en la que el chofer no durmió por querer hacer doble turno. Dos niños contagiados de paperas en una escuela estatal. La comida muy picante de una cena que produjo sopor. La ausencia de café en la cafetería de la parada improvisada del bus porque la empleada puso solo media ración en la máquina cafetera para evitar abrir un paquete nuevo. Un gobierno que permitió la importación de buses de segundo y tercer uso” (105). Esa sucesión de eventos que se engarzan con la milimétrica eficiencia de una máquina de destrucción es la misma en la que se entrampa quien es víctima de sus efectos. La sucesión se instaló en la vida de la sobreviviente. La única inflexión en esa trayectoria es que la pérdida convirtió el encadenamiento de hechos en una línea recta vaciada de sentido: “Podrá ver televisión hasta pasada la medianoche…dormir a la misma hora, despertarse con la luz de la calle y el ruido de la gente allá afuera, solo para notar el paso de los días porque son guarismos de color negro en el calendario que está colgado en la refrigeradora, y así sucesivamente, hasta el final” (109).

La cacería se detiene tanto en esos paisajes forzados a la monotonía, como en los escenarios colmados de presencias excepcionales, como los personajes de “Corpus Christi Diego”. Se trata de gemelos cuya identidad se confunde y se desplaza bajo el resplandor de un rayo: “El rayo que se apropia de un cuerpo deja impresas en él unas ramificaciones que son testimonio de la laceración. Si es mortal la descarga, el cuerpo se transforma en otra materia sólida en las profundidades de la tierra: primero su textura es la del magma, mas luego se va enfriando hasta convertirse en piedra” (123). Tales ramificaciones se instalan en el cuerpo de los personajes, de los cuales uno de ellos tiene a su vez otro par de gemelos, cuya presencia parece preguntarse por el sentido mágico y aterrador de la duplicación. La locura es un componente que se añade al texto para marcar la otredad de lo aparentemente cercano y que lo convierte en una entidad esquiva, como la de los peces abisales que uno de los personajes quisiera cazar: “Desea que le cuenten la historia del mundo o sino que le dejen leer en su cuerpo la genealogía de las profundidades. Pero el pez lámpara lo esquiva. Lo sigue, insiste en que comparta su compañía, que descarte su parsimonia. Lo esquiva nuevamente. Cerca al pez, pero éste voltea y abre sus fauces cubiertas de pequeños dientes arqueados. Y el silencio desaparece y es reemplazado por una voz potente, una voz sin sonido que sale del vientre del pez brillante: una voz de la prehistoria. La potencia del pez que canta y ensordece” (124).

Ese canto se vierte en los cuentos de Miluska Benavides como una interpelación que nos conduce a una galaxia humana, a puntos de luz colmados de la sutileza de lo cotidiano y de la gravedad inesperada que concentra nobleza,  ingenuidad, esperanza, resignación, perversidad, etc. Queda abierta la invitación a la lectura de esta cacería astronómica.

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Miluska Benavides (Lima, 1986) ha publicado la traducción de Una temporada en el infierno de Arthur Rimbaud (Biblioteca Abraham Valdelomar, 2012). Acaba de aparecer su primer libro de cuentos La caza espiritual (Celacanto, 2015). Estudia el doctorado en la Universidad de Colorado en Boulder. Le interesan la vida animal, las religiones antiguas y los libros de pintura.

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