Intrigas poéticas. Sobre Acajo mundo de Rodrigo Vera Cubas

acajo

Acajo mundo (Taller la crema, 2015) recibe al lector con un umbral inquietante: PIZCO MANAL EN LA PUDRIERA DEL BOSTE (5). Esta es una advertencia de que no habrá entrega inmediata, sino la construcción de una duración, un lapso de entrenamiento de los músculos lingüísticos, donde la disección de los sonidos, sus asociaciones, sus desplazamientos semánticos y sus modulaciones estimulan con abundancia nuestra imaginación. La incertidumbre inicial nos entrega un mundo para ser presentido, formas que entre velos sugieren texturas y dimensiones, cuya naturaleza estamos seducidos a completar. Podemos percibir que algo o alguien actúa: “El atromado fundol le acaricia el tuno en voz de toco” (5). Una acción misteriosa se despliega, es la irrupción de la intriga del lenguaje en el lenguaje, un ingreso que se condensa en: “¡Acajo mundo en el mundo!” (6).

El enigma de las palabras no es invisible, reside en la superficie de la materia, en los actos vitales de la naturaleza: “Selva lenta/ Cuyo mecánico celaje oculta//Lo que nadie va a decir más alto” (8). Todo indica que esta por sí misma se pronuncia, pero tomamos distancia de sus signos para protegernos de su fuerza. Sin embargo, el lenguaje poético la convoca a costas de su propio riesgo: “La roca es allí una avispa empoderada. Que escarba y pudre miel/ sobre la flor que plena// Estalla// Vesta mirada con traqueteos de flor// Y el volcán aquí” (15). Aquí también yacen la lava y las capas freáticas que palpitan bajo la superficie del verso y se concentran en la página: “Debajo hay sangre/ Estepa remota escapa/ Arriba la hélice/ En trémula brisa/ Descoyunta el tendón del movimiento” (17).  En estos términos “Acajo en el mundo” es casi un anuncio sísmico cuyas tensiones y medidas habitan una “Música desdentada”, título de una de las secciones. Esta es una melodía infante que disfruta los placeres de sus encías, pues nos invita al instante originario en que nos internábamos con libertad sin discriminar entre lo que tiene o no un nombre. Nombrar no era una preocupación en ese entonces, bastaba el tibio contacto, la intuición de lo existente y las preguntas formaban parte de un avanzar a tientas en una realidad excesiva: “El ruido germinal de los afueras/ Plañido quieto en los intersticios// Del monte oculto… ¿Qué es lo que suena, sino el piano oscuro/ De lo que casi suena?// Aquí hay un mundo con flecos de inaudible trama” (21).

En esa geografía entreabierta la palabra y la intuición se abrazan tensamente: “Pero yo he llegado al monte/ Pero he llegado para hablar” (21). Los resquicios ocultos de la naturaleza atraen al poeta pero no lo distraen, está condenado por sus músculos lingüísticos: “Y yo orugo raudo el movimiento/ Me disuelvo nudo al hablar// Ese caldo vocal/ Humeante/ Me cuerpa// No me exprime aún// Hace de mí un guiñapo mojado/ Una playa de baba/ En donde cuerpa el oleaje” (23). Las páginas se tornan un litoral donde la intuición sensorial converge con la palabra para configurar una suerte de infancia alterna en la que el poeta se instala, como si se tratara de una anacronía creativa donde el yo poético se toca y habla, se toca porque habla y se toca en el habla. Así, la intriga sembrada en el libro es el enigma de la inscripción de lo corpóreo en la palabra o viceversa, no por la diferencia de órdenes, sino por la inquietante familiaridad: las huellas de grasa en una consonante o la rugosidad de una sílaba nos llevan a ver el lenguaje desde otro lugar. Sólo desde esa inflexión puede rozarse el piano oscuro de la realidad:

 Hace musgos días

Que no te entero el cuerpo

Solo abrocho mi piel al agua que dejaste

                                                Manca

                                                   Entre dos ríos

Los destellos a flor de piel danzan con los vocablos en un duelo del cual surgen los versos: “Tenso esparadrapo que me esconde/ Lo que quiero decir/ Mientras te lamo/ Lo que quiero lamer/ mientras te digo” (59). Las palabras toman vida de líquenes en asociación entrañable con la piel y desde ellas surge una “exactitud” renovada, un instrumento de medida singular que rastrea las particularidades del entorno: “Esta báscula mecánica/ Que se explaya en el caudal del fondo/ A nueve mil leguas terrestres/ Por debajo de lo que algunos pisan [inexorablemente]/ Por decir un gato doméstico entre seres cotidianos y otras cosas medianas/ Un bebe fino/ Un clavo de olor/ Un papelito de hule/ O la yerba micótica que crece horrenda en superficies blandas” (63).  Esta máquina maravillosa ingresa en el libro, como “Acajo en el mundo”, irrumpe como la pura posibilidad, como si se tratara de una fisura en un jarrón que será el único modo de cerciorarse de la calidad y cualidad de su material. Esta máquina podría calibrar dimensiones antes desconocidas, ir sobre atributos velados por vía de la intuición poética, pero solo lo hace tomando el riesgo de la destrucción de lo que aborda y en ese trance se delinea el poema:

Sola la velocidad eclipsa el hilo obeso de la técnica

[Que desciende aquí    sobre tu ojo]

Sola la velocidad oculta

Motores       ganglios

Lluvia

Soledad

Esta es la báscula que empoza el derrumbe

Finalmente, en esa oscilación poética, cuna el dinamismo del nombrar, se deja la invitación para entrar en Acajo mundo con la única directriz del ejercicio en la noble tarea  de regocijarse en el sonido donde las criaturas toman el sol y también la sombra.

Rodrigo Vera Cubas es licenciado en filosofía de la Pontificia Universidad Católica del Perú, poeta y artista visual. Es miembro fundador del colectivo de poesía visual Ánima Lisa. Es docente en la PUCP, la Universidad Cayetano Heredia y el Centro de la Imagen. Ha publicado el poemarioAcajo mundo (2015), así como artículos académicos en revistas especializadas. Se desempeña también como artista e investigador y ha trabajado temas de investigación y curaduría artística.

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