Month: July 2016

Gociterra-Lecturas móviles (Victoria Guerrero)

Gociterra emprende la búsqueda de testimonios creativos y pretende ser vehículo de viajes de la palabra poética. Su propósito es extender lazos y plantear la posibilidad de la escucha y del intercambio literario.

Este primer volúmen es una muestra en curso configurada por voces de la poesía peruana contemporánea.

Victoria Guerrero lee un poema de En un mundo de abdicaciones (FCF, 2016)

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Gociterra-Lecturas móviles (Florentino Díaz)

Gociterra emprende la búsqueda de testimonios creativos y pretende ser vehículo de viajes de la palabra poética. Su propósito es extender lazos y plantear la posibilidad de la escucha y del intercambio literario.

Este primer volúmen es una muestra en curso configurada por voces de la poesía peruana contemporánea.

Florentino Díaz lee poemas de sus libros 28 (Bardoborde, 2013), Oda a Berlín (Bardoborde, 2015) Danza para las calles que tiemblan (Bardoborde, 2016)

Observatorio narrativo. Sobre La caza espiritual de Miluska Benavides

caza

El ritmo de la cacería se abre paso en una doble visión: la que nos acerca al fuero interno de personajes retratados en su día a día y la que nos aproxima a constelaciones sociales, su interdependencia afectiva y su fragmentación. Muy temprano la postura narrativa se anuncia a través de un personaje del cuento “Los cuerpos celestes”: “Poco o nada sé, entre otras cosas que nunca podré descifrar, de los traslados de los objetos del universo, sean objetos celestes u objetos palpitantes como nosotros” (16). La interpretación de la realidad a través del acto narrativo se plantea sobre la base de esa incertidumbre, como si se operara con astros inconmensurables cuyos lazos traza la imaginación a sabiendas de su fragilidad.

Esas líneas invisibles enlazan piezas heterogéneas en campos magnéticos que establecen resonancias; por ejemplo, entre la misión de observar un cometa, un científico travestido, la formación de colectividades jóvenes y conversaciones astronómicas de científicos del siglo XVII. Este pasaje recuerda los intercambios entre el matemático peruano, Francisco Ruiz Lozano, con el jesuita italiano Nicolò Mascardi, quien elaboró reportes sobre sus avistamientos de cometas en 1652 y 1664. Macardi le habría dicho a Ruiz Lozano: “cuando los cuerpos celestes pululan allá afuera son presencias divinas; allá afuera siguen encontrándose en estado puro, el mundo de adentro está pervertido, y aconsejo que se preocupe más por los que le rodean, neófitos recién llegados a la fe” (17).  Salvando las distancias temporales, ese mundo despojado de condiciones ideales es el panorama que los relatos recorren, sobre todo su fe, sus modulaciones o su ausencia.

No extraña, entonces, que en “Los animales domésticos” un anciano se aferre a la sombra de un molle con la convicción de su protección, que quienes lo rodean no comprenden. Esta planta ha crecido espontáneamente y sus raíces al aire señalan la fragilidad de las certidumbres humanas. El atropello a las creencias privadas se reviste de una presencia amenazante, quizás la de un animal, cuya aparición coincide con la destrucción del árbol por causas desconocidas. Si bien la creencia individual es desaprobada por el sentido común, no tiene más solidez que la creencia respaldada y hasta materializada públicamente con dimensiones monumentales. En el relato “El panteón de los próceres” la perspectiva infantil ilumina esta observación. Un niño que participa de una excursión interroga a un guía sobre el lugar donde se sitúan esos “íconos” de orgullo nacional del cual tanto había leído; sin embargo, la emoción se diluye cuando le hablan de “tumbas referenciales”, cuya localización real se encuentra en otro cementerio. Rápidamente nos preguntamos: ¿cómo fijar el heroísmo? ¿dónde situar el desgarro que late bajo la palabra nación? El entrampamiento se resume en no poder indicar la tumba de Túpac Amaru II, en saberlo desmembrado y desaparecido. Ante la respuesta imposible que el niño busca, las creencias colectivas, cuya facticidad era supuestamente inamovible, se quiebran.  La suerte de esos héroes fundacionales no es distinta de la de los héroes contemporáneos, aquellos que mueren en el servicio militar y cuyos nombres y cuerpos se revisten de anonimato histórico.

No serán hitos materiales y públicos los que den sustento a los personajes, sino sutiles descubrimientos subjetivos. El narrador en el cuento “Las soledades” señala respecto a una canción de Bob Dylan: “Llega a la canción siete, que cuenta la historia de una autopista que es un punto de fuga, donde Abraham se rebela a Dios, quien ha pedido la muerte de su hijo. Ante esta negativa, Dios responde: ‘la próxima vez que me veas, mejor huye’. Y a pesar de que esta canción es sobre otra cosa –no sabe incluso si una canción puede ser sobre algo-, esos primeros versos le iluminaron con la certeza de que, a pesar de tener la impresión de las diversas experiencias, uno siempre es presa de los mismos ciclos” (91). Se trata de las espirales familiares que pueden convertir las interacciones con los parientes en pesados movimientos en una arena movediza. Padres e hijos comparecen en medio del afecto y el rechazo para hilvanar lazos rotos, sin garantías de reestablecer algún tipo ideal de cohesión. Así, la familia, ícono de la formación de un sentido de comunidad se muestra en crisis.

Esa desarticulación de parentesco se asienta en los andamios resquebrajados de una sociedad que hace del accidente un producto perverso de una fatal sincronía. En el cuento “Las ceremonias”, una mujer pierde a su familia por coincidencias que son más bien un encadenamiento de causalidades precisas para la tragedia: “Un hombre que se quedó dormido en un cruce de avenidas. Un bus que los hizo impactar contra otro bus. Frenos y embrague en pésimas condiciones. Un bus que cambió de dueño por la quiebra de una empresa. Una noche en la que el chofer no durmió por querer hacer doble turno. Dos niños contagiados de paperas en una escuela estatal. La comida muy picante de una cena que produjo sopor. La ausencia de café en la cafetería de la parada improvisada del bus porque la empleada puso solo media ración en la máquina cafetera para evitar abrir un paquete nuevo. Un gobierno que permitió la importación de buses de segundo y tercer uso” (105). Esa sucesión de eventos que se engarzan con la milimétrica eficiencia de una máquina de destrucción es la misma en la que se entrampa quien es víctima de sus efectos. La sucesión se instaló en la vida de la sobreviviente. La única inflexión en esa trayectoria es que la pérdida convirtió el encadenamiento de hechos en una línea recta vaciada de sentido: “Podrá ver televisión hasta pasada la medianoche…dormir a la misma hora, despertarse con la luz de la calle y el ruido de la gente allá afuera, solo para notar el paso de los días porque son guarismos de color negro en el calendario que está colgado en la refrigeradora, y así sucesivamente, hasta el final” (109).

La cacería se detiene tanto en esos paisajes forzados a la monotonía, como en los escenarios colmados de presencias excepcionales, como los personajes de “Corpus Christi Diego”. Se trata de gemelos cuya identidad se confunde y se desplaza bajo el resplandor de un rayo: “El rayo que se apropia de un cuerpo deja impresas en él unas ramificaciones que son testimonio de la laceración. Si es mortal la descarga, el cuerpo se transforma en otra materia sólida en las profundidades de la tierra: primero su textura es la del magma, mas luego se va enfriando hasta convertirse en piedra” (123). Tales ramificaciones se instalan en el cuerpo de los personajes, de los cuales uno de ellos tiene a su vez otro par de gemelos, cuya presencia parece preguntarse por el sentido mágico y aterrador de la duplicación. La locura es un componente que se añade al texto para marcar la otredad de lo aparentemente cercano y que lo convierte en una entidad esquiva, como la de los peces abisales que uno de los personajes quisiera cazar: “Desea que le cuenten la historia del mundo o sino que le dejen leer en su cuerpo la genealogía de las profundidades. Pero el pez lámpara lo esquiva. Lo sigue, insiste en que comparta su compañía, que descarte su parsimonia. Lo esquiva nuevamente. Cerca al pez, pero éste voltea y abre sus fauces cubiertas de pequeños dientes arqueados. Y el silencio desaparece y es reemplazado por una voz potente, una voz sin sonido que sale del vientre del pez brillante: una voz de la prehistoria. La potencia del pez que canta y ensordece” (124).

Ese canto se vierte en los cuentos de Miluska Benavides como una interpelación que nos conduce a una galaxia humana, a puntos de luz colmados de la sutileza de lo cotidiano y de la gravedad inesperada que concentra nobleza,  ingenuidad, esperanza, resignación, perversidad, etc. Queda abierta la invitación a la lectura de esta cacería astronómica.

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Miluska Benavides (Lima, 1986) ha publicado la traducción de Una temporada en el infierno de Arthur Rimbaud (Biblioteca Abraham Valdelomar, 2012). Acaba de aparecer su primer libro de cuentos La caza espiritual (Celacanto, 2015). Estudia el doctorado en la Universidad de Colorado en Boulder. Le interesan la vida animal, las religiones antiguas y los libros de pintura.

Intrigas poéticas. Sobre Acajo mundo de Rodrigo Vera Cubas

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Acajo mundo (Taller la crema, 2015) recibe al lector con un umbral inquietante: PIZCO MANAL EN LA PUDRIERA DEL BOSTE (5). Esta es una advertencia de que no habrá entrega inmediata, sino la construcción de una duración, un lapso de entrenamiento de los músculos lingüísticos, donde la disección de los sonidos, sus asociaciones, sus desplazamientos semánticos y sus modulaciones estimulan con abundancia nuestra imaginación. La incertidumbre inicial nos entrega un mundo para ser presentido, formas que entre velos sugieren texturas y dimensiones, cuya naturaleza estamos seducidos a completar. Podemos percibir que algo o alguien actúa: “El atromado fundol le acaricia el tuno en voz de toco” (5). Una acción misteriosa se despliega, es la irrupción de la intriga del lenguaje en el lenguaje, un ingreso que se condensa en: “¡Acajo mundo en el mundo!” (6).

El enigma de las palabras no es invisible, reside en la superficie de la materia, en los actos vitales de la naturaleza: “Selva lenta/ Cuyo mecánico celaje oculta//Lo que nadie va a decir más alto” (8). Todo indica que esta por sí misma se pronuncia, pero tomamos distancia de sus signos para protegernos de su fuerza. Sin embargo, el lenguaje poético la convoca a costas de su propio riesgo: “La roca es allí una avispa empoderada. Que escarba y pudre miel/ sobre la flor que plena// Estalla// Vesta mirada con traqueteos de flor// Y el volcán aquí” (15). Aquí también yacen la lava y las capas freáticas que palpitan bajo la superficie del verso y se concentran en la página: “Debajo hay sangre/ Estepa remota escapa/ Arriba la hélice/ En trémula brisa/ Descoyunta el tendón del movimiento” (17).  En estos términos “Acajo en el mundo” es casi un anuncio sísmico cuyas tensiones y medidas habitan una “Música desdentada”, título de una de las secciones. Esta es una melodía infante que disfruta los placeres de sus encías, pues nos invita al instante originario en que nos internábamos con libertad sin discriminar entre lo que tiene o no un nombre. Nombrar no era una preocupación en ese entonces, bastaba el tibio contacto, la intuición de lo existente y las preguntas formaban parte de un avanzar a tientas en una realidad excesiva: “El ruido germinal de los afueras/ Plañido quieto en los intersticios// Del monte oculto… ¿Qué es lo que suena, sino el piano oscuro/ De lo que casi suena?// Aquí hay un mundo con flecos de inaudible trama” (21).

En esa geografía entreabierta la palabra y la intuición se abrazan tensamente: “Pero yo he llegado al monte/ Pero he llegado para hablar” (21). Los resquicios ocultos de la naturaleza atraen al poeta pero no lo distraen, está condenado por sus músculos lingüísticos: “Y yo orugo raudo el movimiento/ Me disuelvo nudo al hablar// Ese caldo vocal/ Humeante/ Me cuerpa// No me exprime aún// Hace de mí un guiñapo mojado/ Una playa de baba/ En donde cuerpa el oleaje” (23). Las páginas se tornan un litoral donde la intuición sensorial converge con la palabra para configurar una suerte de infancia alterna en la que el poeta se instala, como si se tratara de una anacronía creativa donde el yo poético se toca y habla, se toca porque habla y se toca en el habla. Así, la intriga sembrada en el libro es el enigma de la inscripción de lo corpóreo en la palabra o viceversa, no por la diferencia de órdenes, sino por la inquietante familiaridad: las huellas de grasa en una consonante o la rugosidad de una sílaba nos llevan a ver el lenguaje desde otro lugar. Sólo desde esa inflexión puede rozarse el piano oscuro de la realidad:

 Hace musgos días

Que no te entero el cuerpo

Solo abrocho mi piel al agua que dejaste

                                                Manca

                                                   Entre dos ríos

Los destellos a flor de piel danzan con los vocablos en un duelo del cual surgen los versos: “Tenso esparadrapo que me esconde/ Lo que quiero decir/ Mientras te lamo/ Lo que quiero lamer/ mientras te digo” (59). Las palabras toman vida de líquenes en asociación entrañable con la piel y desde ellas surge una “exactitud” renovada, un instrumento de medida singular que rastrea las particularidades del entorno: “Esta báscula mecánica/ Que se explaya en el caudal del fondo/ A nueve mil leguas terrestres/ Por debajo de lo que algunos pisan [inexorablemente]/ Por decir un gato doméstico entre seres cotidianos y otras cosas medianas/ Un bebe fino/ Un clavo de olor/ Un papelito de hule/ O la yerba micótica que crece horrenda en superficies blandas” (63).  Esta máquina maravillosa ingresa en el libro, como “Acajo en el mundo”, irrumpe como la pura posibilidad, como si se tratara de una fisura en un jarrón que será el único modo de cerciorarse de la calidad y cualidad de su material. Esta máquina podría calibrar dimensiones antes desconocidas, ir sobre atributos velados por vía de la intuición poética, pero solo lo hace tomando el riesgo de la destrucción de lo que aborda y en ese trance se delinea el poema:

Sola la velocidad eclipsa el hilo obeso de la técnica

[Que desciende aquí    sobre tu ojo]

Sola la velocidad oculta

Motores       ganglios

Lluvia

Soledad

Esta es la báscula que empoza el derrumbe

Finalmente, en esa oscilación poética, cuna el dinamismo del nombrar, se deja la invitación para entrar en Acajo mundo con la única directriz del ejercicio en la noble tarea  de regocijarse en el sonido donde las criaturas toman el sol y también la sombra.

Rodrigo Vera Cubas es licenciado en filosofía de la Pontificia Universidad Católica del Perú, poeta y artista visual. Es miembro fundador del colectivo de poesía visual Ánima Lisa. Es docente en la PUCP, la Universidad Cayetano Heredia y el Centro de la Imagen. Ha publicado el poemarioAcajo mundo (2015), así como artículos académicos en revistas especializadas. Se desempeña también como artista e investigador y ha trabajado temas de investigación y curaduría artística.