Sobre Las Bárbaras (Revista N°6 Los Bárbaros editada por Ulises Gonzáles) impresiones e invitación a la lectura

13Se juntan imágenes de una urbe que no descansa. Los desacompasados pasos neoyorquinos con su musicalidad insomne destellan en las fotografías de Diana Bejarano. La opacidad que se filtra en sus imágenes bien se sintetiza en un letrero borroso donde leemos“Times Square”. Él refleja esa temporalidad que se escurre entre los pies de los transeúntes y materializa la urgencia de las masas. A ello se adhiere una metálica presencia, cierto apremio, a toda máquina. En “My (alphabet) city” de Nuria Mendoza aparece: “el metro saliendo de pronto a la superficie/ como un nadador falto de oxígeno” (16)  y la vorágine urbana pasa a ser un ventarrón inclemente de memoria. En “Lo que arrastra el viento”. Úrsula Fuentesberain lleva a su personaje al recuerdo en los umbrales del espacio natal mexicano y La Gran Manzana. Entre un lugar y otro la autora tiende un puente textual. Sus capas significantes incorporan la voz de Rosario Castellanos en contrapunto con el personaje del relato, Rosario. Ella contempla las aguas del río Hudson y se sueña en otro lugar. Acaso bajo otra luna, redonda allá arriba, oscura y pequeña en versión lunar pegada a la epidermis como la “Supermoon” de Almudena Vidorreta. Los lunares de Manhattan se desplazan en su poema, miles de cabezas de un lado para otro en abundancia, quizás en confusión, nunca en distinción porque hay peligro: “Pero una que cambia, / esa que mudó el color/ y creció a diferencia de otras, / hubo que extirparla,/ arrancarla con dolor de la carne/ como en un hospital de Union Square” (23); y esas extirpaciones son diarias, definitivas y también parciales.

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Miles de cuerpos son trasladados y van dejando sus astillas en su trayecto. El recorrido que lo configura “Será la escritura quien lo recuerde”, tal como titula el entretejido poético-narrativo de Isabel Díaz. La reminiscente escritura toma pedazo a pedazo dibujos hechos a media luz en el Times Square, y también se recogen las pulsaciones del origen, que es uno de esos lugares que “pujan en la memoria en los momentos inoportunos” (25). Es un pasado que persigue. Un ayer que no deja libre ni la temperatura del cuerpo, que en plena Red Line 116 St compara el clima de un lugar con otro, porque los seres humanos “traducimos frío y calor porque no podemos cambiar de cuerpo.  Sólo se puede tener un origen” (26). Mientras más nos distanciamos de ese origen no solo acumulamos kilómetros o millas, todo tipo de ausencias se pegan a esa trayectoria. Hasta puede darse lugar a un entrenamiento en desapariciones, como se delinea en el poema “Si he de perderte” de Lena Retamoso: “irás cayendo/ y mis manos no serán suficientes/ para ir una vez más en tu búsqueda/ en las compuertas de tus sueños/ ya no intuiré tu presencia” (28). En ese fondo donde cae lo aparentemente irrecuperable se dinamizan otras presencias, como cuando la lengua extranjera hace extraño lo ya conocido. Así en el relato “El descubrimiento”, Ponchito, clásico personaje de Sara Cordón, avanza con la lentitud de una carabela colombina o la de un snail que el niño dibuja esmeradamente y cuyo nombre memoriza. El desplazamiento de los cuerpos va acompañado de la aparición de novedades en traje anglófono y las cosas emergen con otras tonalidades y otros ritmos de New World. Así, los objetos, seres y hechos nacen alumbrados por luces ajenas a otras modulaciones de la historia.

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Como hay nacimientos también hay muertes y Marina Azahua nos lo recuerda en su narración sobre la condena a ejecución de Ruth Snyder en su relato “La silla”. Howard, personaje del cuento, se entrena con esfuerzo para registrar esta “muerte legal” (38). El consumo de la muerte en una imagen parece anestesiar dimensiones morales o de empatía derivadas de la condenada. En contraste, este caso se reduce a una metódica desaparición a la que debe corresponder un impecable registro. Cualquier error opacaría este propósito: “Fue mucha la suerte de Howard: estuvo a punto de cortarle la cabeza a Ruth durante el inexacto encuadre” (38).  La muerte como espectáculo colinda con el espectáculo glamoroso de música viajera, como la de Brigitte Engerer que Natalia Chamorro nos narra.

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Los viajes también transportan lecturas que no dejan sus dimensiones incómodas o afables en los vagones del metro, sino en las librerías. Por eso Laura Sández pone frente a nosotros un personaje que cavila en Mc Nally, librería neoyorquina, y mientras pasea entre los libros evoca simultáneamente a Huidobro como a Neil Gaiman. Se remite a la tradición de la ruptura en el ámbito literario, reflexiona sobre la voracidad de lo nuevo: “como si todo pasara por coleccionar el ítem antes no vivido, como si vivir dos veces algo fuera una pérdida de tiempo” (43). La obsesión citadina de la productividad parece estar detrás de este reproche. Acaso sea un apunte sobre la velocidad que adormece la inmersión de los individuos en sus propias experiencias de tiempo y espacio. Esta sensación  embarga a una pareja que recuerda sus lazos afectivos en un cementerio y que dialogan sobre su pasado sin que uno de ellos note dónde se han sentado en el cuento “Green-Wood” de Jazmina Barrera. Como si el estrépito de la urbe arrollara los ritmos interiores y los reflejos de los individuos fueran negados en medio de una sobre población de imágenes publicitarias que bien pueden encarnar un moderno “Narciso de neón”, como el mecionado en el poema “Wandeo” (47). Imágenes incompletas de identidad pueden equiparaese al ser agrietado que Rocío del Águila Gracey dibuja en “I feel broken- rota”. Ante la dispersión de los fragmentos se procede a evaluar su reunión: “¿Regresar? Pensar en volver a la tierra prometida, / al origen de mis dudas y sueños-” (51). A un lado queda cualquier rememoración edulcorada, esa vuelta entraña “regresar también al dolor y a la incertidumbre” (52). Así como no se idealiza el punto de partida en este poema, el punto de llegada o estancia transitoria tampoco es idealizado en “Midtown, los arrabales” de Natalia Castro Picón, donde New York aparece como precario espacio donde vagan soldados medio vivos o muertos, algunos de ellos inmigrantes. Todos con un nombre identificable, pero que a pesar de ello son oficialmente “el soldado desconocido” (53). No sólo se hace anónimo el individuo en la masa de ciudad ultramoderna. También puede hacerse anónimo un héroe de guerra sometido al olvido.

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Hay presencias en el conjunto que también son agresivas los textos mismos. Así sugiere el título: “Poema de amor en cuatro actos corta la página y juega con puercoespines” del poema de Carolina Tobar, donde el yo poético afirma: “Las esposas de los hombres de negocios dicen no saber por qué hay/ estrellas en el cielo” (55). La mercantilización es maquillaje de la ciudad y se arremolina sobre las relaciones afectivas: “Me casaría con todos/ quien sea que me comprara el billete de lotería, / la bebida o las alucinaciones indicadas, me hiciera feliz para siempre” (56). Tipos humanos de todos los matices, con pasados y obsesiones diversas pululan en la urbe norteamericana. Las aspiraciones también son diversas y caben en un solo individuo como en Cristal, personaje del “Límite de nuestros límites” de Yini Rodríguez, quien ve simultáneamente en sí misma a una escritora, productora y deportista,  y que fundamenta sus deseos en su admiración hacia la multifacética Maya Angelou.

New York también es lugar de despedidas y su aprehensión visual y verbal aparece en “Witnessing Spring” ( Diary notes and sketches) de Fernanda Trías. Se trata de un mosaico que recoge los sobresaltos de un personaje que expresa su partida de la ciudad y las preocupaciones profesionales de la elaboración de un documental que acompañaron su estadía momentánea. Acaso este desprendimiento de afectos hilvanados a la experiencia de un lugar sea una instancia dentro de un espiral que se vive muchas veces. Su vivencia podría resultar perturbadoramente o inacabable como señala Soledad Marambio cuando inserta el motivo del regreso a casa en sus versos: “vuelvo a los pisos de madera/ de los que pronto volveré a irme// para luego volver/ para luego irme” (74).

El movimiento en La Gran Manzana también está unido a curiosidades como las que destaca Mercedes Cebrián en “E-mail from Hudson, NY” respecto a la preferencia de neoyorkinos por el pueblo Hudson colmado por la molesta presencia de garrapatas de ciervos. Este pintoresco traslado viene seguido de otro en el cuento “Una alpaca en Nueva York”, relato de Daniela Ramírez. La singular presencia de este bello animalito, chic y pretencioso deja abierta la imaginación a un bestiario neoyorkino que toma inflexiones inesperadas en el relato de Mayte López. En su relato “Ciudades que ladran”  remite esta propiedad animal no sólo a la ciudad, sino a la agresividad de sus habitantes masculinos que deriva en acoso. La violencia niega una experiencia de la ciudad sin sobresaltos. La efervescencia de este espacio es retratada por Isabel Domínguez en “Siguió apretando el gatillo” (89).

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Las pinceladas de las veintitrés autoras de Las Bárbaras llegan a su fin con la imagen de Perséfone instalada en Nueva York en un poema de Elisa Díaz Castelo. Como muchas de las criaturas que moran en las líneas que preceden este poema, la figura de Perséfone se incorpora a la ciudad lidiando con sus recuerdos pasados y sosteniéndose en la firmeza de sus deseos de sobrevivencia: “he aprendido a obedecer/ al hombrecillo verde o rojo/ que me indica la tristísima dialéctica/ del bien y el mal … Buscaré mi vida en la vida de los otros,/ recubriré las esquinas de memorias ajenas,/ las avenidas tensas/ como hilos para colgar ropa/ donde mi madre en mi país/ cantaba/ y extendíamos las sábanas/ y el sábado y las horas a secar” (95). Las autoras dejan a disposición de los lectores el fruto de su paso camaleónico entre espacios, historias y lenguas en un volumen sólido e inquietante que espera dar mucho que hablar.

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Si se quiere adquirir la revista:

http://www.mcnallyjackson.com/bookmachine/las-barbaras-6

Ulises Gonzáles published his first novel, País de hartos, in 2010. He has worked as a correspondent for La Opinión de A Coruña (Spain). His short stories have been published in the magazines Revista de OccidenteLuvina(Guadalajara University, México), Renacimiento (Sevilla), and The Barcelona Review. He writes the weekly blog Newyópolis for the magazine Frontera D (Spain) and for his own literary blog, The New York Street. He has received awards for his writing and his graphic stories. He has published literary critical essays in the magazine Hueso Húmero (Lima). He is in the process of publishing his collection of short stories, Acerca de Alfas and the literary magazine Los bárbaros.

Más información sobre Los Bárbaros

https://docs.google.com/presentation/d/1V3f8SZGXN4YdCkalzHsCFQrhM9cCspb5PJ7rBHJt2jo/pub?start=false&loop=true&delayms=3000&slide=id.g1231381998_0_14

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