Carne escritural: reflexiones en torno a La sangre de la aurora de Claudia Salazar

Al abrir la novela de Claudia Salazar, el crudo despertar a una aurora violenta se hace presente y toma la fragmentación como un principio narrativo, de tal modo que los horrores de la violencia en los cuerpos mutilados dejan sus huellas en el cuerpo textual. La narración se disgrega en dialectos del castellano peruano, correspondientes a la extracción de los personajes sean andinos o costeños; y el habla individual se modula, también, según los estados emocionales. Esta maleabilidad de la dicción narrativa configura una materia polifónica, que nos introduce no solo a lenguajes distintos, sino también a mundos ideológicos y afectivos consustanciales a ellos. De tal modo que la singularidad de las perspectivas de los personajes se nos devela en su construcción psicológica. Asimismo, la fragmentariedad de la escritura se relaciona con la aparición de la corporalidad femenina en la narración como exploración de las potencialidades de la palabra para convocar al cuerpo  sufriente.

Desde el inicio de la novela se plantea una reflexión sobre el lugar de lo femenino en los tiempos de la violencia interna en el Perú (1980-2000); por ello se cita la importancia que Marx y Lenin le habrían dado a la participación femenina en la lucha revolucionaria. Este motivo es central para comprender a uno de los personajes principales, camarada Marta, quien señala: ¨No saben que lo femenino es el origen de todo. Lo femenino es fermento, magma, depuración y creación. La aurora que se levantará cuando la revolución esté completa¨ (82). Sin embargo, la plenitud a la que aspira el personaje se desdibuja a través de la progresiva anulación del cuerpo particular, que le da paso al cuerpo revolucionario: ¨Sujeción plena e incondicional. Sin adornos, ni aretes, nada. El pelo recortado. Fernanda me ayuda en esto. Me lo dejó casi como el suyo, hasta en eso la diferencia se va a borrar. La igualdad comenzaría por nosotras¨ (28). La expropiación de cualquier rasgo distintivo apunta a reducir el cuerpo a una mera función bélica: ¨Mis manos reclamaban ese revólver que se me había asignado para liberar a los heridos de su último suspiro. Como si mis dedos se hubieran alargado y se inyectaran en los sesos de los desgraciados. Dedos bala. Brazos fusil. Cuerpo revólver¨ (36).  Es así como el cuerpo se hace todo él obediencia.

La importancia de la corporalidad en la novela nos señala una preocupación por comprender cómo se insertan los cuerpos en la producción de significado. Propongo que esta novela nos plantea un tocar de la escritura tal como lo entiende Jean-Luc Nancy en Corpus (2008). Este afirma que los cuerpos no tienen lugar en el discurso o en la materia, que no habitan la mente o el cuerpo, sino que toman su lugar en el límite e intersección entre sentido y materia. Por ello, en términos de Nancy, el tocar el cuerpo en la escritura no significa asir o tener a la mano; sino que el escritor se envía a sí mismo a tocar algo afuera, oculto, desplazado. Su tocar se retira e implica desplazamiento (17). Nancy denomina a esta escritura como corpus: «A corpus isn’t a discourse, and it isn’t a narrative. So a corpus is what we’d need here. Here there is something like the promise that this must involve the body, shall involve it, almost immediately. A promise of the kind that’s not subject to a treatise, or something to be cited or the character or setting of a story. In effect, a kind of promise to keep silent. Silentless ¨about¨ the body than from the body, substracting it materially from its signifying imprints and doing so here, on the read and written page… This touch is infinitely indirect, deferred… but it continues as a slight, resistant, fine texture, the infinitesimal dust of contact» (51 énfasis del autor). En La sangre de la aurora la escritura toca, nos pone en contacto con la vulnerabilidad del cuerpo sufriente, promete su inmediatez, pero como promesa es umbral y por ello su lenguaje es fragmentario y evocativo, como se observa en este pasaje:¨cuántos fueron el número poco importa veinte vinieron treinta dicen los que escaparon contar es inútil crac filo del machete un pecho seccionado crac no más leche otro cae machete puñal daga piedra honda crac mi hija crac mi hermano crac mi esposo crac mi madre crac carne expuesta cuello roto machete globo ocular crac fémur tibia peroné crac sin cara sin oreja nariz trágatela crac ahorita cómetela oreja del piso recógela no escupas no crac en línea cinco ponlos machete¨ (16).

En ese sentido la novela nos plantea un tocar de la escritura desde los linderos de la significación. Trata de exponer la vulnerabilidad del cuerpo y su dolor sin apropiarse de él y sin pretender una mirada omnicomprensiva. Por ello la narración contrasta con la vocación controladora y disciplinante del discurso subversivo: ¨Mil ojos y mil oídos. La figura es monstruosa e inabarcable, tanto como Dios. Escuchar y ver en todas partes, en todas direcciones. Un ojo se llama palabra. Un oído se llama palabra. Otro ojo palabra se llama. ¿Y el otro oído? Así hasta completar los mil órganos que están en todas partes. Mi cuerpo se multiplica de esta manera no en los órganos, sino en la palabra. Veo, siento, escucho, sé y conozco porque ellos saben que ahí está la trinidad única, el comité central, la luz del sendero¨ (53). Este dominio del ojo es la antípoda de la mirada que ofrece la novela en su conjunto, pues esta se ofrece deliberadamente como fragmentaria y parcial.

A estas preocupaciones subyace la pregunta por la naturaleza de la interacción entre la realidad y la ficción, la cual aparece en la novela en relación a la tarea de la periodista, Melanie, cuyo objetivo es hacer un registro fotográfico de los hechos violentos: ¨ ¿Un centímetro de película será suficiente para un cadáver adulto? ¿Medio centímetro si es un niño? ¿Y una población entera? La crueldad por centímetro¨ (57). En estas líneas observamos cómo el personaje reconoce las limitaciones materiales que pueden darle soporte a las dimensiones de la violencia. Sin embargo, no se niega la posibilidad de que exista forma de proyectar dicha violencia a través de la precariedad de los medios materiales. Luego de las atrocidades vistas y vividas el personaje señala: ¨Son fotos que empujan a mirar fuera del encuadre, a revelar todo eso que aún no se había podido capturar. ¿Cuánto queda fuera del cuadro? ¿Qué historias se escaparán?¨ (78). Estas líneas podrían ser la formulación de la poética de esta novela. La fragmentariedad que sostiene su lenguaje es análoga a los encuadres de las fotografías que la periodista ha obtenido; como estos los pasajes de La sangre de la aurora ¨empujan a mirar fuera del encuadre¨; es decir, que las limitaciones de su naturaleza ficcional nos llevan a pensar la realidad que la inspiró, gracias a su potencia evocativa.

Finalmente, esa posibilidad de narrar en la apertura y la segmentación no solo apuntan hacia al desmembramiento corporal, sino también a las posibilidades de recomposición del cuerpo, de ahí que una de las mujeres vejadas sexualmente señale: ¨La violencia me ha parido otra vez. Habla, cuerpo. Grita, cuerpo¨ (77). Esta frase nos devuelve al hecho de que mientras la palabra pueda tocar el cuerpo, este no será silenciado.

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