Alicia, esto es el capitalismo de Carlos Villacorta Gonzalez: visiones de desintegración y desarraigo

Sin ningún conejo de chaleco como acompañante nos internamos en la narrativa de Carlos Villacorta con una sola guía: el hambre. Este no es una metáfora, aunque parezca, porque podría mediar entre lo representado y nuestra interpretación. El hambre es en esta novela un hecho ficcional que tiene una presencia material para los personajes; y es, al mismo tiempo, la condición vital que elimina su separación, ya que viven día a día una apetencia común. El narrador de la primera parte lo pone de manifiesto y nos hace saber de la soledad repartida en cada bocado empaquetado para otro en la pizzería en que trabaja. Dicha labor no puede darse como un acto deliberado de nutrir, sino como un mero mandato de la industria del fast food. La misma que ordena entregar diligentemente y con asepsia un contenido más bien tóxico. Este mecanismo de producción particular dice mucho en sí mismo: ¨La vida es un infierno de donde salen pizzas de distintos tamaños, y todas tienen dentro lo mismo: un veneno rojísimo que ni el mismo diablo quisiera probar¨ (26). Ese mismo infierno asoma como chispazos de la historia peruana de la década de los noventa, de tal modo que se acompasa la narración de experiencias particulares con una vivencia colectiva.

Los testimonios de los personajes se entretejen en la novela, cada uno con independencia y ritmo propio. En ellos sus historias bordean el vacío de una inacabada correspondencia mutua. Los personajes poseen información incompleta sobre los mismos hechos. Esta no coincidencia es paralela a un desencuentro afectivo en las relaciones amorosas y familiares. Sin embargo, los personajes reconocen la fragilidad del suelo que pisan como un sustrato común. Se trata de un estado generalizado de ¨huérfanos, hijos sin padres, padres sin hijos¨ (244). En este legado único conformado por un encadenamiento de orfandad, Alicia y su hermana narran su jornada de sobrevivencia. Cercada por la necesidad, Alicia responde a la pregunta por su mayor logro y dice que es vivir con el miedo sin ser devorada por él. ¿Pero a qué se le teme? Es posible que el miedo esté dirigido a la imposibilidad de enraizarse en algo que sea llamado cabalmente hogar y que sea espacio fundante. Ese es el motivo que se aborda en el sueño de Alicia, donde el coloquio con unas aves rememora los juiciosos intercambios de la Alicia de Lewis Carroll con los personajes del mundo maravilloso que sueña. Las aves le dirán que no necesitan casa, que ellas no se desviven construyendo un hogar como los seres humanos; pero Alicia les rebatirá su incapacidad de construir una familia. Las aves, por su parte, defenderán la capacidad de visión que les ha dado su vida migratoria. En estos términos, el eje de la novela se situaría en la convergencia de la desintegración, lugar de enunciación lúcido, y del desarraigo que ello genera. Así la fragmentación aparece como apareciera años antes en el poemario Ciudad Satélite: ¨Y las ciudades amordazadas se han arrojado desde ese puente de la infancia/ rebotando infinitas, entre sus sueños y tus sueños/ agotados/ fragmentados// Y nadie nos habrá dicho la verdad/ que este mundo no tiene centro¨ (66).

En esa cuerda apolillada del desamparo sobre la que se sostienen las relaciones humanas; Alicia trabaja, entre otras, cosas como maquillista de difuntos. Su tarea de embellecer la muerte y sumarse a la abnegación por los muertos es irónica al contrastarse con la violencia entre los vivos, propia de Lima, una ciudad predominantemente hostil: ¨Lima no tiene afueras, es una ciudad enorme de casi siete millones de personas, que, sin conocerse, parecen odiarse a muerte. Es el miedo que se tienen, que tenemos uno con el otro¨ (227). No obstante, ese miedo y violencia no impiden las relaciones mercantiles de un contexto capitalista. Los bienes y servicios siguen circulando, aún con la muerte de por medio; como el ave de rapiña se sostiene con los cuerpos en descomposición. Debe observarse que en contraste con la maximización de  la productividad, los individuos que conforman la fuerza productiva son estériles para sí mismos.

Finalmente, el gesto imparable de la mercancía que debe ser producida constituye la lógica del capitalismo. Deleuze nos dice que en ella se encuentra una regla de ¨producir producción¨ continuamente. La negación de esta lógica nos conduce a la pregunta por la imagen imposible del no nacido, preocupación que también aparece en la novela. Por su parte, Deleuze se pregunta: ¨¿No haber nacido, escapando de la rueda del nacer y renacer continuo, sin boca para mamar, sin ano por donde desechar la mierda. Las máquinas [humanas] funcionarían muy mal. Sus piezas se desarmarían a tal punto que ellas se devolverían a la nada y entonces nos permitirían volver a la nada? Parecería, sin embrago, que los flujos de energía están aún demasiado conectados, los objetos parciales aún muy orgánicos, para que esto suceda¨ (7-8, Antioedipus). Quizás por ello la pareja protagonista cierra el libro con un diálogo que deja abierto su futuro más allá de su pérdida. El final nos coloca frente al lenguaje como sustrato último de la energía no absorbida por la lógica capitalista: ¨Empiezo a hablar en medio de todo el ruido. Ya nadie puede escucharnos¨ (254).

Advertisements

One comment

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s