Punzón poético: sobre los poemarios La caja de música (2011) y El plazo (2012) de Olga Muñoz Carrasco

¿Qué luz guía al ojo en La caja de música (2011)? Pregunta sinestésica que nos permite ingresar en la atmósfera poética de Olga Muñoz. Una luz azarosa y en murmullos nos hace recorrer espacios donde la experiencia poética busca ser percepción poética. Esta aspira a trascender los sentidos o llevarlos a su radicalidad: ¨Me apresuro. / Quisiera despojarme de los brazos/ para alcanzarlo todo/ el fogonazo y su ceguera/ el sabor árido del estiércol¨ (19). La poeta se sabe vidente y asume los riegos de ser empujada a una reformulación en su lucidez: ¨Esta luz/ como una hecatombe de algas furiosas/ me deshace¨ (22).

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A pesar de que el paisaje urbano que se evoca traiga consigo la soledad, la miseria o la muerte, la costura escritural no se amilana: ¨Cada palabra una ceniza blanca/ un agujero/ un punzón¨ (24). Madrid es evocada, pero sobre todo Lima y sus opacidades, como si esta ciudad hubiera ennegrecido la propia posibilidad de la visión: ¨La luz/ como una ancha cinta sucia/ entre las puntas del día¨ (35). Es cierto que una sección del poemario se designa ¨Lima innominada¨, pero la palabra poética captura la experiencia de la ciudad de forma singular y la evoca con precisión: ¨Lima se asfixia/ bajo la gasa de nube/ que tapa su herida brutal¨ (36) y también:

LOS CERROS PARECEN de humo

Imposibles sobre ellos

se hinchan edificios y antenas

que evitan el desprendimiento

o la evaporación de la tierra apelmazada.

Nadie sabe si en lo alto

hay ángeles que acumulan arena y la sostienen

como telas borrosas

en el cielo. (49)

Acaso sea propicio dejar de aspirar a la aprehensión clara de la realidad en la percepción y tan solo internarse en esa opacidad que se extiende en el paisaje:

QUIZÁ LO MEJOR sea

alargar sencillamente los brazos

sin intención de alcanzar o separar el ruido

más bien para que la niebla

vaya enfriando el extremo de mi cuerpo

un pez helado más

otro fantasma feroz. (41)

El cuerpo es eje de la percepción nublada, desde él se explora nombrando la caja de música que se habita: ¨Vista desde abajo parece una caja vacía/ más bien una caja de música inaudible/ abierta por sorpresa y en el centro/ desplazándonos apenas/ giramos y giramos los tres/ nos miramos de reojo/ reflejados en el cristal de los balcones/ a cada vuelta¨ (63). La voz poética se sabe situada. Los sonidos de la caja dependen del acercamiento al entorno; es decir de la examinación del acto de proyección hacia el mundo y de nuestros hábitos vertidos hacia él:

No parece difícil el juego a primera vista:

encajar las piezas de colores

en los huecos a ellas destinados.

Confiamos de una vez a otra en que las formas

se mantengan iguales a sí mismas

adheridas fielmente al recuerdo de su peso

a su materia.

No se mueven los límites

y casi estamos seguros

de seguir acertando en nuestros gestos. (65)

Acertar en ¨nuestros gestos¨, sugiere la lucha detrás de la coincidencia con uno mismo. Esta incisiva observación es un cuestionamiento poético que muestra esta escritura en su dimensión crítica, pues desmonta todo lo que en el espacio pueda ser fijado: ¨Como un ciego/ se adueña del lugar despacio/ nos golpeamos con los muebles/ y los apartamos unos centímetros/ lo suficiente/ para que la casa quede movida cuando salimos/ imperceptiblemente dislocada¨ (69). Cuesta darse a ese encuentro, bien lo explicó Nietzsche cuando desenmascaró las seguridades urdidas por los seres humanos, aquellas verdades hechas de cristal, pero que fueron confundidas con entidades eternas e irrefutables.

En ese sentido, esta poesía afirma el cultivo de un orden inexacto y de la duda; y son ambas las que sostienen la fertilidad de la palabra poética. Esa potencialidad y expansión latente de sus posibilidades se abre en el poemario El Plazo. En él nuevamente la visibilidad se problematiza y con ella la percepción desde la poesía: ¨Solo llega la luz a algunas zonas. La mayoría sigue en penumbra, esperando la retirada de esa sombra cicatera que impide verlo todo¨ (11). La opacidad se encauza en prosa poética de una brevedad que deja pinceladas precisas de extrañamiento, en ellas las descripciones buscan dejarnos suspensos acerca de un telón de fondo donde se deja operar a nuestra imaginación:

El plazo ha sido finalmente concedido. Se atendieron nuestros ruegos y sin duda hay   que hacer algo: mover las manos, arrodillarse, morir. La pureza que exigimos se ha   vuelto insoportable, y así lo comentamos en voz baja.

Los críos revolotean al lado. Cualquiera diría que esto es imposible, imposible el           gesto que arrastra la línea. Mas seguimos encontrando hueco en un rincón de casa       cerca de la ropa apilada. El silencio o el pájaro, no queda otra salida ya para esta         respiración salvaje. (12)

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La expresión ¨el plazo ha sido finalmente concedido¨ pareciera asignarle a la palabra poética un tiempo, un marco limitado que es continente como cada vocablo lo es en su periodo sonoro y semántico. Acaso sea un plazo solicitado al silencio, que es borde esencial en el quehacer escritural, y a su vez un plazo vital delineado por las fronteras del cuerpo: ¨Voy adelgazando cada día, me consumo sin sufrir hasta los huesos. Esto es lo que soy, me repito cuando oigo el frío más allá del cristal, lo que de mí queda frente a los rosales ateridos. No concibo un refugio mayor¨ (19). Así también la vida bordea la muerte o viceversa, como notamos en la búsqueda de una anciana tras los huesos de su hermano muerto en el poema 13; o acaso el límite sea el de la cría que sucede a la madre como su otro esencial:

19.

Cada uno aguarda su turno para respirar. No nos vemos siquiera. Ocupamos salas de   cristal con cuerpos transparentes, reflejados al azar. La gran mentira, el espejismo del   aire.

Mientras, las crías dormitan en la madriguera, repleta de oxígeno su sangre recién         nacida. (29)

¨El plazo¨ es también un intervalo apremiante que se deja percibir en los pasajes poéticos. Un testimonio denso atisba en cada línea sumándonos a la asfixia de recuerdos agolpados. Estos emergen en un recorrido nómada: ¨Te empeñas en caminar por el desierto. Parte de la manada se ha acostumbrado a la sed y realmente nos llevan ventaja¨ (42). El tránsito poético es, entonces, un paso plural que al término del plazo coincide con la constatación de que a pesar del apremio derivado de las limitaciones de las palabras, es en ellas en las que la existencia se percibe a sí misma, tal como resuena en las últimas líneas: ¨Después de tanto tiempo, nos reconocemos por ruidos que vienen resonando desde el principio¨ (59).

Como lectora agradezco el plazo concedido, uno inagotable, una invitación desafiante a la lectura atenta. No he dejado de sentir mi recorrido por sus páginas como las de las mujeres que en uno de los poemas van y vuelven a observar las celdillas de un panal ¨convencidas de que algo significan¨ porque ¨La belleza de la trama encandila y la miel es tan fragante¨ (51).

          OLGA MUÑOZ CARRASCO   IMG_7558

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