Hilador de cicatrices. Sobre Aguas Ejemplares (2012) de Carlos López Degregori

El cauce y la marea se estremecen; y se hace oído la experiencia poética: ¨Y eso fue la voz. / La seguiste dispuesto a sucumbir/ si así está escrito: / el oído que se interna en la pared, / el ruido que sale de la boca/ y todo lo hace trizas. / Y por un momento tú temblaste/ porque al fin la alcanzabas/ y torva, sucia/ era solo voz. // Voces articuladas al revés. // Voces en falso de centinelas/ y de estacas/ Murmullos para el último vidente, / cráteres, / lenguas reventadas¨ (26). Despiertan las aguas, despiertan las voces y todo lo potencial en el sonido descubre su lado imposible, ¨las lenguas reventadas¨. No es la primera vez que la corriente de agua deje escuchar tales voces; tampoco será la primera vez que se desafíe todo acto de significar: ¨Y nada dicen porque tardan un segundo/ Y nada porque suenan miles de años¨ (26). Con estos versos del poema  ¨A qué sonará una voz¨ abre el poemario Las conversiones (1978-1981) y con él el volumen compilatorio Aguas ejemplares, que reúne también Cielo forzado (1986-1987) y Aquí descansa nadie (1994-1997).

El flujo acuático entrelaza estos tres volúmenes, como el acto del tejedor del ¨hilo negro¨. Con intención que tal continuidad sea encontrada en el repentino emerger de los versos que trazan lo constante en la mutabilidad: ¨Y canto desde el puro coincidir/ Disloco// sustraigo// sacrifico// Con lo que aún poseo de vigilia/ Lo que guardo de sabiduría// o asombro// Yo el inmóvil continuo de las aguas¨ (¨Canción de las sábanas sucias¨ 28). Desde la lucidez poética, lo que es uno y compacto se desmiembra en un horizonte en movimiento; en este se unificará la visión de lo que se divide, de lo múltiple: ¨Y todo es cíclope// y ojo// Y todo se encamina// Mar/ a mediodía tú vendrás/ Entonces cederé// Me cortarás en dos con la montaña¨ (29). Las escisiones son un cambio de naturaleza y traen consigo una escritura de conversión. Es una alquimia poética que anuncia presencias misteriosas:

Te  convierto en grulla o tambor

Una rosa que brota en la pared

O una que sólo crece subterránea

Y a cada redoble aprendes a formarte

Te haces manos que pueden respirar

Piernas que huyen o te acercan

Ombligo sexo cabellera

Y en tu cuerpo custodias el amor

Y es un bosque me pierdo me sé todos los arboles

O es vino

Es arena

Y perfecta convertida declinando

Entonces te fundas en un reino indescifrable

Y eres la que llena la casa de ceniza

La que pende oscura de los labios

Golpeamos con una bota cien veces la pared

Clavamos los muebles del piso para que sean perfectos

Inmortales… (40)

Hacer posible las conversiones es una búsqueda, una persecución de lo mutable: ¨Supongo que eres sabio, / Supongo que saliste decidido a caminar/ en busca del pozo/ de todos los lugares/ Y el cuerpo como un perverso dios, / las piernas vulnerables, / el bastón, / el vértigo anticipado de asomarse/ y caer un año entero¨ (¨El pozo¨49). Esta búsqueda del ¨pozo de todos los lugares¨ descubrirá precisamente lo contrario: ¨Y el pozo está en todas partes: / lo reconozco a mi espalda trajinar, / lo diviso oscuro en el cielo/ como una trampa de planetas// o pequeño// exacto/ apostado en la palma de mi mano¨ (51). Así, la profundidad aparece agazapada en los lugares próximos y lejanos, invadiéndolo todo y transformándose en materia poética a través del alquimista verbal.

Las conversiones emanarán nuevamente en Cielo forzado (1986- 1987). Este se abre con el ¨arte de la peste¨, con la enfermedad, que es otro tipo de mutación. Esta se prolonga en ¨ojos empeñados en trocar o descubrir¨ (¨Tarde de castigos¨ 89), que no será visión pasiva confiada en el automatismo: ¨No quise ser surrealista.// No creo en la escritura automática/ no en el pentotal abriendo sus esclusas/ a barcos fantasmas¨ (89). El trabajoso empeño poético en las transformaciones devela la finitud: ¨¿Regresaré el próximo verano?/ No perdurarán mis huesos o dientes/ ni siquiera una radiografía./ No podrás fotografiarme: tu negativo jamás/ vengo a derrumbar tu cuarto oscuro¨ (90). Se diluye el propio yo y si volvemos sobre el acto de fotografiar se evoca la desaparición de todo acercamiento mimético a la realidad: ¨La literatura ha dejado de existir. / Quiero enterrar con paciencia todo simbolismo¨ (92). Poesía y realidad avanzan paralelas y entrelazadas como anverso y reverso; lo inerte se levanta y la evocación al poeta es nítida y difusa al mismo tiempo: ¨Me acerco/ y riego piedrecillas en el desfiladero. / El mar retumba cerca:/ las vendas se despiertan/ se resuelven/ sangran un poco/ y al final avanzan perseguidas.// Igual a CLD/ un escarabajo enconado de sombra/ pero distinto¨ (119). La auto-referencialidad poética no es una simple alusión empírica al poeta, sino la radicalidad del acto creador, que es capaz de alcanzar su propio origen. Esta poesía descree de las divisiones y moldea la materia verbal. La fuerza a ser otra. ¨Cielo forzado¨ es la imagen que grafica su acto. En este poema el arriba y el abajo se confunden. El mar se hace cielo en una condensación de las fuerzas creadoras:

Un mar infierno se levanta

y viene con su cortejo de rocas

a arañar forzado mi ventana

de qué color será

preguntas

y dices que no es mar

puede ser pájaros carbónicos

o harapos

o luces exhaustas

huidas de la calle

Mi oficio hollar tinieblas

guardar mares para después mutilarlos

correr olas hasta el agotamiento

intentando

como un dios mezquino respirar

y mi cabeza brilla

y se hincha

y es un cometa lleno de escoriaciones

y de algas¨ (120)

¨Cielo forzado¨ metaforiza la deliberada transformación del cielo en el acto poético. En él se anima la realidad del poema y el pastor poético se entrega a las conversiones: ¨pastoreo mis peñas en este cielo forzado/ y me sumerjo/ en mi día líquido¨ (123). Estas regiones celestes rehechas por el poeta se internan en la corriente de Aguas ejemplares. Asimismo, la maleabilidad de la materia verbal depende del despojo de alguna forma de ser para darle paso a otra y ese tránsito ocurre sobre la pérdida. En estos términos en Aquí descansa nadie (1994-1997) se explora las ausencias en su función activadora de las transformaciones poéticas. Así, en este poemario observamos una escritura de cicatrices: ¨Largo es el sueño de una cicatriz. / Interminables son sus noches/ sin otro horror que su horror, / sin otra hermosura que su sola hermosura/ aguardándote ¨ (¨Cicatrices¨ 147). Solo después de la herida puede la cicatriz empezar su sueño verbal:

Lo que hieren tus ojos será mañana cicatriz,

los abrazos, los pájaros fulminados como estrellas,

los pasos que no terminan de recorrer

las calles vacías

y que ninguna lluvia borrará.

Este eco que ahora escuchas se volverá nieve

y esta nieve herida bestia

y esta bestia trueno

marcando inmensas cicatrices en el cielo

La cicatriz desde la que se escribe no puede ser evadida: ¨ Ella es tu sombra en estos años postreros, /usa tu ropa y camina tus zapatos/ ama a tu mujer/ colma de sopa negra tu cuchara¨. Esta presencia abrumadora de la cicatriz hace que el poeta reconozca que la escritura emerge de la persistencia de la cicatriz: ¨Sabe que no hay sonido más puro que su voz/ ni más tiempo/ ni más amor ni dolor/ que el que vivirás con ella¨ (148). La apertura de la que la cicatriz hace testimonio colinda con un dolor pródigo en materia poética. De ahí que ¨En grandes letras de oro¨, que podemos leer como arte poética, se diga: ¨Soy un buscador de oro. Un minero que ha renunciado a abrir la carne de la tierra y prefiere cavar sus túneles aquí en la soledad de las calles. Mi tarea no es fácil. Reconozco que para obtener mi oro produzco dolor. He rasgado orejas, he quebrado cuellos, he arrancado dientes luminosos¨ (152). El precioso botín, fruto de la alquimia poética, se alimenta de una incansable búsqueda y de un entretejido de la vulnerabilidad del poeta en este acto: ¨El oro es mi dolor en el costado que sólo puedo aplacar cuando lo contemplo. El oro es mi aire y mi danza solitaria y mi áurea edad que cada noche recupero¨ (121).  Este quehacer nos recuerda al farero de ¨Cielo forzado¨:

Farero también soy

buzo raquítico vendiendo sartas de perlas

en el mercado

pez fosforescente

escribiendo a latigazos

palabras oscuras en la costa

ahogado que cubre de arena

a los bañistas dormidos

dador de tesoros

bostezando aves guaneras

que hunden escarlatas las islas

y tornan inútiles

tus piernas (121)

¨En grandes letras de oro¨, por su parte, el poeta señala que el oro tiene como fin su propio origen, es decir la elaboración de una estatua de la voz poética. Esta estatua está destinada a las profundidades del mar: ¨No me importa que nadie pueda verla// Me basta saber que allí en el fondo, amada por las aguas, durará para siempre¨ (153). Tal vez se trate de la hondura de las aguas ejemplares, donde perdura esta poesía y la sombra de las cicatrices que llevaron a cabo el áureo material que la produjo; es decir, la ausencia que es a su vez eterna. De ahí que en ¨El poeta de mil años¨ se remita a los que se han ido ¨La última noche de 1999/ no falten mis ausentes. / Encenderé todas las lámparas, / despertaré a las viejas flores/ para que entreguen/ su perfume otra vez, / llenaré de agua los espejos¨ (180). La mirada retrospectiva hacia lo perdido instituye una agitación permanente fruto de la ausencia. Por ello no es el descanso mortal el que  anima esta poesía, sino la espera que se sobrepone a cualquier aparente noche final; así, se instala en lo infinito desde la pérdida: ¨buenas noches, Noche, / cálmate: / cierra tus ojos:/ tómate dormida de las manos/ y entra muy despacio en ti: / no importa que no seas la última noche del mundo,/ no importa lo que mañana nos traigas:/ igual aceptaremos la nieve/ o el verano// porque aquí descansa nadie.¨ (181) y las aguas continuarán en su interminable curso para seguir hilando sin descanso.

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