Trashumante vigilia. Sobre Desvelo Blanco de Ana María Falconí

Emily Dickinson escribe ¨No vi ningún Camino- Los Cielos estaban cosidos¨. La poeta no ve ningún trazo en el terreno premeditado y dispuesto a darle al caminante un sendero que conecte un lugar de partida y de llegada. En su lugar una gran costura celeste impone su presencia. En los hilos que la hacen patente laten las aberturas y sus bocas llenas de distancia reclamando visibilidad en la materia poética. Falconí retoma los versos de Dickinson y nombra la primera sección de Desvelo blanco ¨Cielo cosido¨. En ella se abre una atmósfera poética que recrea una fisura. Su presencia se dibuja en el rostro de la muerte, de las ausencias inmediatas de quienes proyectan sus sombras entre los versos, pero también de una soledad profunda no localizada en entidades empíricas. Desde esa grieta comienza la escritura:
REQUIEM I
Hoy hablé con ella
Me dije,
Los muertos también se sienten solos

Una pluma blanca entró por la ventana
Y acarició mi rostro
-No dejes de hablarme- supliqué

Creí percibir un murmullo
Cuando se llenó de vaho el cristal
Con mi propio aliento (11)

A partir del murmullo ensimismado comienza el canto, la fisura toma forma de espacio deshabitado al que se retorna. Este regreso será la fuerza que anima la experiencia poética como una incansable constatación de lo que ha desaparecido:
LA CASA
Nadie vive aquí
Entra y deja las huellas de tus pies
Tal vez afloren las pisadas que hubo

Alguien
comió aquí

No son migajas de pan
Que hayan traído las palomas
Son partículas de hambre
Entra
Se puede ver
Una manzana desapareciendo
En una mesa
La humedad cayendo líquida sobre
Los ventanales
Sin poder borrar el sello blanco
De unos dedos

Tira de esa cuerda
Abre la puerta del callejón
Hallarás el jardín embebido
En el graznido de un cuervo

Te digo
Nadie vive aquí

Aunque por las noches sueño que vuelvo
Que cruzo sus zaguanes
Comparto su pan
Y dejo ahí
Mi ilusión
Mi espera (13)

Los recorridos fantasmáticos trazan una trayectoria que vuelve sobre sí misma y este regreso organiza el desvelo poético. En él la palabra invoca las regiones del sueño:
OVEJA
Es blanco el sueño de la oveja
Nubes que agonizan en el alba
Se agolpa entre los perros
Y lame a su pastor
Salta la misma valla
Una y otra vez
Pero en cada ocasión cree que es
Otra valla la que salta
A veces piensa que es otra oveja
Cuando es ella misma

El matadero ronda con degollados pensamientos
De otros valles

Traen sombras
Las más tristes y solas de los sueños (13)

La muerte amenaza con poner fin al equívoco de la oveja, quién es capaz de creerse otra recreando una y otra vez su propio ser invariante en el intento de salir de los límites del redil. Sin embargo, su salto no le abre paso a ¨otros valles¨, solo la muerte ha de hacerlo. Saldrá, así, de la región del desvelo y podrá penetrar la de los sueños. A pesar de ello, en el anhelante intento por atravesar esos límites se refleja la interdependencia de sueño y desvelo. Si la separación existe será solo para que el recorrido por la región del desvelo tenga lugar, ella forma un tejido metafórico y real en términos significantes. De tal entramado participaríamos los lectores, quienes realizamos el tránsito entre una región y otra a través de la lectura: ¨Nos une el vellón suave/ Y descarnado/ Del ensueño/ Las vueltas desorbitadas por el valle/ Paseando/ Un eterno desvelo blanco¨ (18).
Este último verso, ¨Desvelo blanco¨, nombra la segunda sección del poemario. En ella se reitera la naturaleza limítrofe del desvelo respecto del sueño. Franquear las distancias y atravesar las lindes aparecen como motivos principales en el poema ¨Frontera¨:
LA FRONTERA
Me quedé cuidando a los animales
El puente se abría al cielo por las noches
En el día era una feria sofocante
De bultos
Tenía que cruzar con ellos
Y lo haría por la noche
La luna llegó como un bocado blanco
Salió de mi garganta una extraña melodía
Me dirigí hacia el puente
Pensé que me seguían
Pero los animales iban en círculos interminables

Sus hocicos apuntando extraviados el firmamento
Parecían no entender

Me quedé cuidando a los animales

Solo alcancé a distinguir las estrellas
Que fulguraban del otro lado (29)

Presenciar el otro lado y dar testimonio de su existencia aparece en el poema ¨Des¨ metaforizado por el ascenso de un balde en un pozo: ¨Hace ruido el balde/ cuando sube// Todas las poleas del mundo/ ponen su ciencia/ cuando el balde sube¨ (30). El balde mismo es la necesidad de ese ¨otro lado¨, el de las profundidades del pozo que deben calmar los anhelos. Es la sed misma la que anima descenso y ascenso del balde: ¨Se encabrita como un animal/ De sed/ Trayendo consigo algo del pozo// Por los húmedos ladrillos asimétricos/ Se escucha un ruido// Es el ruido del eco de las ansias// Ambos se desenredan luego// Se safan/ Se tambalean ¨ (30). Ese movimiento deja un ruido duplicado, un eco que se hace poema como la trayectoria del deseo y el intento por realizarlo. El pozo, es nombrado en otras ocasiones y también evocado por otras imágenes, como las del túnel: ¨Pido un túnel/ A toda velocidad un túnel/ como un metal quirúrgico/ que corte el cuerpo/ y me lleve finalmente a mi destino/¨ (¨Túnel¨ 32). El otro lado es aludido ahora como la muerte, como el espacio donde acontece la coincidencia fallida del sí mismo y donde la identidad no se hace posible: ¨Viajar todo el día y toda la noche/ para que crucen livianas las sombras/ Para que se reflejen a sí mismas/ En las lunas engañosas/ de los autos¨ (32), pero no es la unicidad a la que se arriba, sino a la disgregación: ¨Un túnel dividido en dos/ Entre ahuecados rectángulos/ De cemento/ Que parecen ventanas/ Y ahí incrustados/ Que se prendan y se apaguen/ Y aparezcan sorprendidos,/ Mi ojo/ Mi boca/ Mi brazo// convertidos en máquinas oscuras/ A penas perceptibles, veloces/ Yendo y viniendo/ En/ PE DA ZOS ¨(33). He ahí el desmembramiento y la negación de la mismidad como posible llegada ¨al otro lado¨. Tal negatividad nos habla de un vacío necesario para la creación; así como los deseos de lograr la mismidad dependen de una falta de ella, para lograr a posteriori la lucidez de perseverar en una existencia fragmentaria. De ahí la presencia de imágenes contradictorias como las de una niebla que permite la visibilidad: ¨serán buena idea/ estas nubes/ me refiero al paso de los animales/ a través de su niebla traslúcida¨ (¨Oquedad¨ 34). Ello eleva la pregunta acerca de si las fronteras también tienen carácter de necesidad: ¨me pregunto si será buena idea/ este muro/ en donde nos sentamos/ y colgamos nuestras piernas¨ (34). La negación y la imposibilidad impulsan el acto poético; la niebla es requerida en su ser transparente y su naturaleza contradictoria es familiar a la del desvelo que se interna en sí mismo para llegar a orillas del sueño: ¨será buena idea entonces/ estar/ blancos/ sonrientes/ vacíos¨ (34). En estos términos la prodigalidad de la oquedad es condición del propio poema ¨El día perfecto tal vez/ Transcurre solitaria la cola del león/ O su garra/ O su cabeza/ Una descorchada botella llena de respiración/ Una eterna cosecha sin semilla¨ (36).
¨Donde no muere el olor del mar¨, tercera sección del poemario, se acerca a la región del sueño como si se tratara de territorio marino. La voz poética del desvelo aparece en una atalaya y aguarda en expectativa del ¨otro lado¨, lugar de la fisura, hecha llamado o presencia vívida que busca respuesta: ¨Era el perfil de un hombre que bañaba la mar/ Su sombra parecía alcázar/ El acantilado/ Cuando abrí los ojos/ Era una piedra negra/ Robada por la orilla y me llamaba// corrí hacia ella pero mis manos/ Se hundieron en un oscuro pozo¨ (¨Atalaya¨47). Nuevamente se invocará a la niebla; esa niebla traslúcida que en su ausencia de visibilidad hará presencia de lo que la niega: ¨Pero sé que está ahí/ Que entre la niebla ronda/ Y me espera/ como un rincón// Como un pulso¨ (47). Esta intermitencia de las pulsaciones ofrece imagen de la oquedad que prefigura la materia poética. En ella la escritura se despliega al filo de la inercia ante el cese de las pulsaciones:
PEZ
Dibujé un pez en el desierto
Lo rellené con palabras amorosas
Le di el ritmo de mis pasos
El perfil de mi inquieta sombra
Se levantó como una inundación
Tú eres lo único que tengo, le dije
Pero no latió
Lo vi en el espejismo
Mudo del horizonte
Antes de hundirse
En una mueca (48)

Solo lo que se transforma persiste, como la metamorfosis final en el poema ¨Donde no muere el olor del mar¨. Esta gran masa de agua asociada a la muerte es testigo de la transmutación hacia una condición animal, desde la cual la mortalidad adquiere otros matices, otros ritmos, otras formas: ¨Y cuando todo alrededor se diluye/ Dejamos caer el agua de nuestros cuerpos/ Sobre la arena/ Que siempre espera indiferente// Mis cabellos largos/ Se parándose en el peine/ Las plumas de él/ Entre su pico y su lengua// Sin quitarnos la mirada/ Sabiéndonos animales¨ (53). Este no es un paso solitario, sino más bien una metamorfosis que permite visibilizar al otro, al ser animal, en el momento en que el yo poético se despoja de su naturaleza primera. En estos términos la asociación entre mar y muerte se trastoca. Tal como anuncia el epígrafe de Ted Hughes en esta última sección: ¨Trató de ignorar el mar pero el mar/ era más grande que la muerte, más grande que la vida¨. Así, el mar aparece como un más allá de vida y muerte, como signo de trashumancia entre una y otra región, sea de sueño o de desvelo, recreada por el acto poético.

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