Sobre el poemario ¨La falsa piel que me habita¨ de Rocío del Águila Gracey

No es ella la que hubiera podido exclamar: ¨Vivo en mi propia casa,/ nunca he imitado a nadie…¨ [Gai Saber]. [La mujer] No ha podido habitar su propia casa, su propio cuerpo … Y hemos interiorizado el horror a lo oscuro. No han tenido ojos para ellas mismas. No han ido a explorar su casa. Su sexo les asusta aún ahora. Les han colonizado el cuerpo del que no se atreven a gozar. La mujer tiene miedo y asco de la mujer.

Hélène Cixous

El aguaymanto se despoja de una capa y busca en sí mismo otra profunda, indefinida, el horizonte infinito de la verdadera piel. En ese tránsito surge la pregunta que traspasa este poemario: ¿quién soy? La voz poética es enfática  ¨Mi identidad se encuentra/ dividida por una serie de signos/ significantes que encaminan/ mi existencia hacia la perfección¨. Pero ese camino dista de la amplitud de aquella otra capa que busca la voz poética, porque  la  perfección enmarcada por el signo cancela lo diverso y condena el cambio de piel.  Se expone  esta lucha y la poeta nos deja oír la voz que exhorta al yo poético: ¨Debes ser una hembra¨, pero hay rebeldía, atrincheramiento: ¨Centro mi destino/ en una sola forma de expiar mis culpas/ por los errores de un cuerpo disidente/ que se desintegra/ ante el absoluto¨. El yo poético descompone las capas que debe asumir para ser hembra, trata de distinguir la piel verdadera de la falsa y en ese cuestionamiento llega a la lucidez de una duda perpetua, que aparece en el poemario como lo absoluto o como el vacío. Porque qué otra cara puede tener el absoluto, múltiple e inagotable, que el vacío que todo lo contiene por ser potencia perpetua. La voz poética aspira a ese absoluto cuyo reverso es el vacío, no porque lo haya aprendido de una ruma de significantes, que denomina ¨orgasmo textual¨; sino más bien por  pronunciarse sobre la vivencia de su propio cuerpo, sobre la invasión que la somete a recubrirse de una piel que no es suya, una capa unívoca que se torna asfixiante.

La consciencia de las múltiples realizaciones del ser hembra que se abandonan en el acatamiento del mandato somete al yo poético a la marginalidad: ¨Ahora soy la paria/ la indecente¨ o ¨hembradesterradaquese ahogaensilencio¨. Pero se asume ese riesgo y se formula lo imposible: ¨ritual profético/ que anuncia la venida/ del cuerpo sin sexo¨, pero la salida no es tan fácil. ¿Qué implica concretamente tal indefinición? Resulta imposible solo renombrar y pretender liberar el sentido de un cuerpo marcado fisiológicamente como femenino. Hace falta ir más allá del ¨orgasmo textual¨, hacia el encuentro de los cuerpos, como dice la voz poética: ¨Mi ojo se pega a tu ombligo/ vislumbro tu infinita existencia/ que se desborda en silencio¨. He ahí la piel como refugio, la región llena de claridad, porque ahí no hay las seguridades del deber ser de una hembra. La verdadera piel es una piel al descubierto, la vulnerabilidad expuesta: ¨Soy un cuerpo disidente/ que se desparrama y envuelve/ que se escapa y te olvida¨. La verdadera piel no es una capa nueva de aguaymanto, tangible, definida; la verdadera piel es un estado de reconocimiento de la piel  falseada, es la que es consciente de la alienación y se torna pesimista: ¨Pero toda capacidad de cambio/ es negada/ y sufres por ver tu identidad/ reducida a movimientos de simio¨.

La región de la piel verdadera, no solo es la voluntad de cuestionamiento de los mandatos. También, es la instancia en la que el mandato no existía. Esta aparece metafóricamente como  un estanque cuyas aguas salpican los versos y surge la melancolía: ¨reunir todo lo que ya se ha ido/ volver tras los dientes rotos/ las enfermedades/ la virginidad/ ¡volver a ser entera!/ recuperar los fragmentos/ que el pequeño animal/ esconde en la guarida¨. La voz poética recuerda y pone en evidencia que los seres han sido arrojados al mundo para ser habitados por una falsa piel, un espejismo que les promete aquella vieja plenitud de la ausencia del deber ser; es decir, charcos que no son ni la sombra de aquel gran estanque primero: ¨Andamos desvistiendo la ciudad/ reconociendo en cada esquina/ un abismo olvidado/ Corremos   corremos/ hasta que nuestros cuerpos crujen/ al estrellarse contra el pavimento¨. El vacío golpea de nuevo, la capa que el aguaymanto buscaba está hecha de una materia sutil, la duda misma que Rocío del Águila nos invita a explorar, para participar de la danza de la piel que se busca a sí misma incesantemente.

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