Rostros

Plantas aventureras escalan rocas cuyo final se muestra incierto desde la carretera. Cada rastro vegetal parece un ropaje especial. Me agrada la desnudez de esas rocas ( grandes, filudas, asidas a las pendientes con furia). Diviso un agujero negro, como una madriguera extraña. De allí sale un tren herrumbroso que va en dirección opuesta a la mía. Pienso esa oscuridad. Cierro los ojos y regreso. Veo árboles fuertes que un viento agresivo mece o que van desafiándose los unos a otros. Siento la mano de mi madre que tibia coge mi mano diminuta con firmeza. Cambia la fuerza de su mano, evita que resbale (la tierra está húmeda). Ahora puedo ver una vez más esos  rostros extraños escondiéndose o internándose más en los árboles, mirándose con sus ojos vegetales y desconociendo mi forma, como si ignoraran que nosotras y ellos estamos frente a frente en un mismo tiempo y espacio. Recorre suavemente mi piel una helada capa de agua que hace temblar mis piernas. Me concentro en esa terrible sensación, la profundidad se descalabra y suelto la mano de mi madre. Más helada mi piel mientras más me fijo en esas facciones indiferentes, ellas diluyen en sus pupilas mi imagen en la oscuridad misma. Comienzo a olvidar mi rostro.

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